Ciudad de México,
año 2004
He visto una foto de mi padre joven, la mejor de sus fotos. Tiene veintiséis años, viste un traje de lino claro que el aire infla plácidamente. Está de pie en una playa de guijarros y arena revuelta, junto a una hermosa muchacha de talle alto y piernas largas. Dentro de dos años esa muchacha será mi madre. La foto recoge una mañana de julio del año de 1944 en el Club Naval de Campeche, frente al Golfo de México, en el sureste mexicano. El día en que la foto es tomada, tropas británicas y canadienses ocupan Caen. Un mes antes, ciento cincuenta mil soldados han desembarcado en Normandía. El dominio de Alemania sobre Europa se derrumba. En breve empezará el alzamiento de Varsovia, que costará la vida a doscientos sesenta y nueve mil polacos. Nada de eso existe en la playa de Campeche que tengo ante mis ojos, la foto de la playa donde mi padre y mi madre, recién casados, inician la que será, creen, la mejor parte de sus vidas.

La vida casi ha terminado para los habitantes de aquel paraíso. De los rostros de la foto inicial no quedan sino escombros, el eco juvenil de una sonrisa, una frase clara que cruza por la memoria derruida. La muchacha sonriente de aquella foto tiene ahora ochenta y cuatro años. Apenas puede caminar. Ha perdido la visión de un ojo y un oído. Un enfisema misterioso ha tomado la mayor parte de sus pulmones vírgenes de no fumadora. El joven que ha de ser mi padre tiene ahora ochenta y siete años. Pasa sus últimos días en un departamento cercano al Bosque de Chapultepec, en la ciudad de México, repitiendo dos historias y dos nombres, entre ellos el de su mujer de aquella foto, ya sólo un rumor sellado por un resplandor de olvido. El olvido es ahora la especialidad de su memoria.
Mi padre y mi madre llevan casi medio siglo de no verse, desde la mañana del año de 1959 en que mi padre hace su maleta y deja nuestra casa de la avenida México, frente al parque del mismo nombre, en la ciudad del mismo nombre, que será con el tiempo la referencia mítica de mi familia, pero que entonces sólo es una casa de dos pisos, con cochera y balcón, puertas art decó, ventanas con herrajes españoles, zócalos y cornisas de granito. Mi padre deja la casa una mañana que no tiene fecha para mí, sin despedirse de mi madre, ni de sus hijos, acaso ni de él mismo. Del siguiente modo: pone su maleta al pie de la escalera de granito que es el único lujo interior de la casa, mientras mi madre se finge absorta en la cocina, rogando que el esposo con el que ha vivido quince años y tenido cinco hijos se vaya sin intentar siquiera el gesto de una despedida. Mi padre duda de ir a la cocina a despedirse de la única mujer que ha querido y perdido absolutamente, pues no se siente digno, merecedor, de esa despedida. Se siente, en realidad, disminuido frente a una mujer que lo mide a la baja luego de haberlo tenido en lo alto. No quiere verla cara a cara ni decirle adiós por no encontrar en sus ojos un alivio o en sus labios un reproche. No va a decirle adiós, entonces, ni a ella ni a sus hijos, en este momento de su disminución definitiva, el de su fuga. Mi padre sale de la casa esa mañana cumpliendo la voluntad de su mujer, que ha dejado de respetarlo hace tiempo, aunque no de quererlo, porque las mujeres quieren mucho tiempo después de que no quieren ni respetan lo que quieren. Se va con su maleta magra de la casa rentada de la avenida México, la casa frente al parque mitológico de mi adolescencia que ha de ser el sitio de nuestra modesta epopeya familiar, la casa marcada por la ausencia que hoy se inicia. Se va con su itinerario de pobres pero absolutas razones. No regresa más, salvo por una noche, siete años después, en que al llegar yo a la casa que dejó lo encuentro ebrio, el antebrazo sobre el hierro forjado de la puerta, la frente recargada sobre el antebrazo, esperando que le abran. Mi madre y mi tía se asoman por las persianas de madera para verlo, sacudidas por esta visita inesperada en el absoluto reino de su libertad, la libertad tapiada que es para ellas la casa donde se han refugiado para capear la adversidad del mundo. Yo llego por casualidad a esa hora y resuelvo por inercia la escena maléfica, tomo del brazo a mi padre, lo aparto de la puerta donde pena, lo llevo a un taxi, y en el taxi a su casa, sin saber qué decirle, ni para qué. Le pregunto si tiene mujer, sugiriendo que me parecería normal que la tuviera. Me mira estúpidamente y llora, humedeciendo aún más su rostro, de por sí lustroso de pena y alcohol. Yo lo miro estúpidamente y me digo que debo recordar lo que veo para escribirlo algún día y no tener que vivirlo ahora. Esta escena sucede en el año de 1966, seguramente un lunes, pues recuerdo que vengo de jugar boliche, y los lunes es el día en que los compañeros de la empresa donde trabajo en aquel año se reúnen a jugar boliche; esa es la única época, y la única razón, en la cual y por la cual jugué boliche, y sólo tuvo sentido hacerlo, entiendo ahora, porque me permite estos años después fechar aquella escena que los años han vuelto más esencial de lo que fue, pues eso, entre otras cosas, hacen los años, esencializar lo que han perdido.

No volví a ver a mi padre sino treinta años después, en el tramo final de su vida, la noche de un día de noviembre de 1996 en que llama por teléfono a mi oficina, antes del almuerzo, para decir que quiere verme. Lo busco esa misma noche en la posada donde vivía, un hotel desvencijado en las desvencijadas calles que rodean el antiguo frontón de la ciudad, la ciudad de un tiempo ido pero fijo ahí, en calles que se llaman Edison o Emparan y amparan edificios viejos, fondas pobres, hoteles de paso, tintorerías de ropas lustrosas planchadas a vapor con percloro y gasnapta. La posada en que mi padre vive, o sobrevive, se llama Alcázar. No tiene luz en la entrada. Apenas reconozco a mi padre entre las sombras cuando sale a buscarme, porque apenas lo veo y porque en realidad no sé quién es este hombrecito encorvado que viene a recibirme. Me lleva a su cuarto, cuya descripción merece un pasaje aparte, y me pide prestado dinero. Me muestra papeles de pleitos judiciales que está a punto de ganar, sugiriendo que me pagará lo que pueda darle hoy, y lo que vaya a pedirme mañana. Empieza a llenar a así, con esa escena, el círculo de su ausencia que ha llenado mi vida desde el día que se fue sin despedirse de mi madre, ni de nosotros, para enterrarnos el siguiente medio siglo en su memoria.
Hablaré luego de aquel círculo fantasmal, de aquellos años, de aquel encuentro. Ahora, en el mes de noviembre del año 2004 en que escribo, mis padres se han encontrado de nuevo, por primera vez, luego de medio siglo de no verse. Se han reunido al final de este otoño en el hospital. Los hemos reunido la neumonía y yo. La neumonía, porque es experta en viejos, y los atacó a los dos en semanas subsecuentes. Yo, porque los traje a ambos al mismo lugar donde alguien podía curarlos de su neumonía incidental, ya que no de su vida vivida. Ese lugar es el Centro Médico ABC, el American British Cowdray, que la ciudad de México conoce como el Hospital Inglés desde que fue creado en 1941, por la fusión del antiguo Hospital Americano, establecido en 1886 por el embajador estadunidense, y el antiguo Sanatorio Cowdray, abierto en 1923 bajo la inspiración de la enfermera retirada Annie Cass Pearson, esposa del magnate inglés Weetman Pearson, ministro de la fuerza aérea británica durante la Primera Guerra Mundial, padre de un hijo único muerto como piloto en esa guerra, peleando bajo las órdenes de su padre. Hablamos de Weetman Pearson, el legendario constructor del Blackwell Tunnel de Manhattan, dueño de la compañía Pearson and Son Ltd. que en el año de 1900, cuando el hijo de la firma estaba vivo, tenía veinte mil empleados en el mundo dedicados a hacer caminos, cavar túneles, abrir canales, construir ferrocarriles, lo mismo en Inglaterra que en Irlanda, en China que en México, donde el querido y temido Weetman Pearson, mejor recordado en su posteridad filantrópica y aristocrática como Lord Cowdray, era dueño de la compañía petrolera El Águila, la cual habría de perder también, como el hijo en la guerra y su imperio en la historia, con la expropiación petrolera de México, hecha por el presidente Lázaro Cárdenas en el año de 1938, el mismo año en que mi madre, procedente de Cuba, puso por primera vez sus plantas adolescentes en el muelle de Chetumal, entonces Payo Obispo, y caminó después sobre sus altas ancas, bajo su sombrero de palma, por las calles de la aldea, apenas unas brechas ganadas a la selva por donde no es inusual que crucen serpientes, ataquen jaguares o bostecen asoleados caimanes.

Desde el año de 1957 el American British Cowdray ocupa trece mil metros cuadrados sobre las calles de la avenida Observatorio, en los contornos populares del barrio de Tacubaya de la ciudad de México. Junto con las instalaciones del American College, el Columbia College, la Capital City Baptist Church y la St. Patrick’s Catholic Church, el Hospital Inglés forma un enclave de modernidad bilingüe en el corazón de un barrio bravo de la ciudad, en cuyas calles y vecindades aglomeradas, cerradas sobre sí como bazares árabes, no entra de noche la policía. Por ahí cruzan durante el día, en sus coches lujosos, con sus choferes atentos, hablando por teléfonos celulares, los parientes que van al hospital y a los colegios anglófonos del enclave. Vienen a visitar a sus enfermos o a recoger a sus muchachos, dos maneras distintas de esperar el futuro. El Hospital Inglés consta de cuatro cuerpos: la torre norte de consultorios, el edificio norte de urgencias, el edificio central de hospitalizaciones y el edificio sur de oficinas y estacionamientos. Llamo la atención sobre el edificio central de hospitalizaciones porque es aquí donde tiene lugar el reencuentro de mi padre con mi madre cuarenta y cinco años después del día en que no se despidieron por última vez, sesenta años después del día que marcó el inicio de la mejor parte de sus vidas, en las playas blanquísimas de su luna de miel en el Club Naval de Campeche, mientras los aliados tomaban Caen.
Odio este hospital. Aquí, hace catorce años, murió la mujer que debo llamar mi tía, pero que en realidad fue mi otra madre, quizá mi otro padre, la hermana conyugal de mi madre, la rival de mi padre, mi tía Luisa, venida a México de Cuba, como mi madre, en el referido año de 1938, pero nacida en Asturias antes de la Primera Guerra, en el año de 1912, el año en que Albert Berry hizo el primer salto en paracaídas desde un avión en movimiento, en St. Louis Missouri, y un meteorito de ciento noventa kilos explotó sobre Arizona produciendo una lluvia de fragmentos de piedras calientes sobre el Navajo County. Mi tía Luisa murió aquí. Mejor dicho, empezó a morir aquí, de la manera atroz en que mueren los enfermos terminales a los que entuban a tiempo para evitar que se mueran. No se mueren, en efecto, al menos no de momento, pero no viven más, sumidos como quedan en el limbo de una agonía diferida, punteada de falsas esperanzas que la fatalidad despeja paso a paso, hasta que se impone la salida fatal, sabida de todos, aceptada por ninguno Mi odio se refiere o se ciñe al edificio de hospitalizaciones. En realidad al tercer piso de ese edificio de suelos lustrales y claridad inmóvil. Particularmente pienso en la parte oriental del tercer piso en cuyo extremo están las salas de terapia intensiva y de terapia intermedia. De la primera salió mi tía, entubada contra la muerte, para morir en un hospital público luego de meses de no morir en este hospital privado que era entonces el mejor de México y es ahora el segundo. El primero es la sucursal del propio ABC, abierta hace sólo unos meses en Bosque de las Lomas, al nororiente del Hospital Inglés del que yo hablo y el único del que me interesa hablar porque es aquí donde suceden las cosas que ahora cuento.
Mi tía salió de la sala de terapia intensiva de este hospital en el mes de noviembre del año de 1991. En la sala de terapia intermedia ha sido ahora internada mi madre, también en el mes de noviembre, pero del año 2004. Me sitúo en ese tiempo y escribo desde ahí el irónico reencuentro de mis padres al final de sus vidas, siguiendo una prescripción narrativa de Hugo Hiriart sobre la conveniencia de una escritura que fluya como el agua, sin presas que contengan su cauce. Así escribo estas memorias, dejándome ir por el caño inepto pero incontenible de la memoria que no es, pienso ahora, sino el resto luminoso de lo que sobrevive a la pérdida: un castillo de escombros que brillan. Con énfasis culpable, o melancólico, la memoria conserva en el fulgor de sus cuartos semivacíos no lo que nos descifra o nos describe, sino lo que la cura de su pérdida. No la verdad de los hechos pasados, sino la verdad de la queja, el capricho, la nostalgia de lo ido.
¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo han terminado por coincidir en pisos paralelos estas dos neumonías de cuerpos que dejaron de unirse no sé cuándo, hace medio siglo por lo menos, y siguen sin embargo dando cuenta de una vida juntos? Esto es lo que trato de contar.

Mi madre ingresa de emergencia al hospital con una neumonía avanzada, respirando apenas, las uñas incipientemente azules, los ojos desorbitados pidiendo aire como los de una yegua a punto de iniciar una estampida. Salvo que sus ojos no tienen el brío oscuro, salvaje, del animal que corre por su vida, sino un terror anciano, velado por las cataratas flemales del ojo derecho y un fallido trasplante de córnea del izquierdo. Luego de dos días de fiebres y moquillos, ha decidido internarla en el hospital su joven médico, el doctor José Luis López Zaragoza, un chejov nativo, moreno, delgado, lampiño, que gusta de la literatura francesa, la medicina pública, y lleva el pelo cubierto de gel y el alma transida de un exquisito pudor mexicano. Desde el primer día, las venas y arterias de las manos de mi madre, invadidas de agujas, son un zarzal violáceo bajo la piel pecosa, vidriada y amarilla que las cubre. Recuerdo haber comido de esas manos bocados elementales de tortilla de maíz con arroz y picadillo, bocados que ella formaba en perfectos cucuruchos para ponerlos en mi boca con un terso procedimiento de los dedos cuyo saber porfiaba en enseñarme para que yo hiciera los bocados de mi propia mano, a lo que yo me negaba con celo militar pues los mismos bocados plebeyos y los mismos sabores humildes eran celestialmente distintos si llegaban de su mano. Dos días después del internamiento, no hay en el bosque seco de sus venas una sola ramificación que no hayan martirizado las agujas canulares, portadoras de analgésicos, antibióticos, anestésicos. Sus manos son ahora dos llanuras hinchadas. Hay manchas como lagos junto a sus arterias, vegas de sangre estancada, gigantescas en mis ojos. Mientras las miro, hipnotizado, debo atender al médico que me habla de las debilidades de las venas y arterias de esas manos. Me explica que no aceptan una aguja más, que deben abrirle un camino en la vena del cuello, ponerle un catéter para alimentarla. La sombra del entubamiento de mi tía Luisa, que le impidió morir a tiempo de su propia muerte, me lleva a decirle al médico que no quiero prolongaciones artificiales de la vida que hemos puesto en sus manos. Me mira con incredulidad, como quien mira desvariar a un loco. Parecer a loco ha sido una especialidad de mi vida, un contagio cabal del énfasis que ha sido el procedimiento oratorio de mi madre, su marca de fábrica: esa furiosa fe en que las palabras dichas con el coraje suficiente pueden disciplinar el mundo. No lo disciplinan, desde luego, a menudo lo sublevan nada más, volviéndolo, agraviado, contra el hablador que quiere moldearlo. He aprendido eso en carne propia a lo largo de mi vida, luego de sembrar incontables aversiones en gente que me ve gritar cuando sólo alego, a la manera de mi madre, contra la imperfección del mundo. Suspendo mi alegato contra las arterias laceradas de mi madre, contra el hecho de que la exquisita ramificación azul en la malla delicada de sus brazos se haya vuelto con los años su adversaria, y autorizo al doctor que proceda, con una disculpa que nada arregla ya, lo sé por experiencia, en la foto fatal que han fijado mis gritos sobre su soliviantado cerebelo.
Con mi madre se quedan a dormir a veces mis hermanas, pero normalmente se queda Ceci. Ceci trabaja con mi madre desde que llegó a la ciudad de México, hace dieciocho años, recién desempacada de su pueblo, Ahuehuetitlán de González, un caserío remoto de la Sierra de Juárez, en el municipio mixteco de Huajuapan de León, uno de los seiscientos diecinueve que componen el estado de Oaxaca, el estado más pobre, mágico y migratorio de México. Ceci ha cuidado de mi madre desde que mi madre dejó de ser una mujer mayor y empezó a ser una vieja, es decir, entre los sesenta y cinco años que mi madre tenía cuando Ceci llegó a trabajar a su casa y los ochenta y cuatro que tiene ahora, en que respira trabajosamente en la sala de terapia intermedia del hospital.

Mi padre ingresa al Hospital Inglés cuando mi madre lleva ya tres semanas remando contra la asfixia en su cuarto de terapia intermedia. Lo ingresa bajo el mismo diagnóstico de neumonía el mismo discreto, incorpóreo, inespacial doctor López Zaragoza, pues es el médico familiar de ambos. López Zaragoza ha venido a ver a mi padre dos días seguidos a su casa y ha tardado dos días en internarlo porque yo le he hecho prometer desde el principio que no lo hará morir largamente en un sanatorio, inconsciente, indefenso, insalvable, invadido de sondas. Mi padre vive en el departamento 703 del edificio de once pisos ubicado en el número 119 de la calle de Gelati, así llamada en memoria del coronel Gregorio Vicente Gelati, muerto en la batalla de Molino del Rey contra las tropas invasoras americanas en 1848, cuando el lugar donde está levantado hoy el edificio donde vive mi padre era un campo de siembras al pie del Castillo de Chapultepec. Mi abuela paterna, Juanita Marrufo, que ha muerto hace medio siglo y que prefirió siempre a mi padre sobre sus hermanos, lo visita desde hace un año en su departamento de Gelati para cuidarle el sueño desde la cabecera de la cama, sólo una sombra gris que lo mata de miedo y de ternura, y lo hace desear y temer su propia muerte.
Desde que lo encontré hace nueve años, llamo a mi padre Godot, pues llevaba yo una vida esperando que llegara. En el departamento de Godot vive su ángel tutelar, Rita Tenorio, de cuarenta años, con sus dos hermosas hijas, Gabi, morena hindú, de veintidós años, y Lupita, morena asiática, de trece, las dos de padre ausente, como Godot. Gabi ha tenido un hijo a muy temprana edad, llamado Diego, cuyo padre se fue a Estados Unidos hace cuatro temporadas y no hay noticia desde entonces de él. Gabi trabaja en mi casa pero duerme con su mamá, con su hermana Lupita y con su hijo Diego en el departamento de Godot que Rita maneja como dueña de casa, a sólo cuadra y media del lugar donde yo vivo, sobre la misma calle de Gelati, pero número 46. En el departamento donde viven Rita, Gabi, Diego, Lupita y Godot, ha empezado a vivir también la hermana de Rita, Delia, que la ayuda desde hace un tiempo con Godot. Esta es la nueva familia de Godot: Rita y sus hijas, Gabi y Lupita, el hijo de Gabi, Diego, y la hermana de Rita, Delia, cuyo marido se fue también en su tiempo, éste a la ciudad de México, dejándola a ella y a sus cuatro hijos en Zitácuaro, de donde Delia ha venido, llamada por Rita, para atender en la ciudad de México a Godot. De modo que el padre ausente que es mi padre está rodeado en su asilo familiar de fin de vida por una colección de mujeres de varón ausente, cuyo último retoño es Diego. Atienden todas ellas como esposas tardías, como enfermeras ciertas, como hijas sustitutas, como nietas virtuales, como custodias amorosas al emblema del hombre que les falta personificado en Godot. Un azar simétrico ha querido que mi padre ausente congregue estos amores magníficos, viudos de tantos hombres prófugos, presentes sin embargo en la vida de sus mujeres y sus hijos de modo tan fantasmal y abrumador como Godot ha estado presente en la mía. En los últimos años de su vida, Godot se ha convertido, sin saberlo, en el jefe sustituto de la familia sustituta que lo acompaña hacia la muerte, con amor derivado, y sin reclamo original.
Mi padre tiene un catarro crónico que le enrojece las narices octogenarias, de puente alto y aletas venosas, cuidadosamente depiladas por Rita. Cuando ese catarro empieza a llenar de flemas su garganta, sus bronquios de sibilaciones, su cuerpo de fiebres que lo hacen temblar por las noches y farfullar por el día, el doctor López Zaragoza me dice que debe internarlo en el hospital, cosa prohibida entre nosotros, o esperar con los brazos cruzados que la infección se lo lleve en su casa en una agonía que tampoco tendremos corazón para ver. Y es así, contra mis terminantes previsiones sobre el cuadro terminal que no quiero para Godot, como una ambulancia de forzudos camilleros termina viniendo en la noche y sube en la camilla a un tartajeante Godot, cuyo estado febril, lejos de obsequiarle una feliz inconsciencia, agudiza sus lamentos delirantes sobre si lo llevamos a saldar las cuentas que debe en Chetumal. Ellos me deben también, dice, y les he pagado todo, y se quedaron con mis casas. Ingresa al hospital murmurando estas y otras urgencias de su cabeza días después del ingreso al mismo sitio, por la misma zona de emergencias, de mi madre, su esposa todavía, porque llevan medio siglo separados pero no han incurrido en divorcio, y también su ex mujer, porque ha dejado de serlo, hace quizá medio siglo, antes de separarse de hecho, pues nada carnal ni sensual ni verdaderamente marital cruzaba ya entre ellos, salvo la cola de los hijos y la sombra de sus mermas, sus sueños, sus pasos perdidos.
El azar quiere que cuando ingresan a Godot en el hospital le den un cuarto en la esquina oriental del tercer piso que queda exactamente abajo del cuarto donde se repone mi madre un piso arriba, en el pabellón de terapia intermedia, respirando oxígeno y vasodilatadores por una mascarilla. La convergencia de los dos en el hospital no tiene nada mágico o simbólico, pues es un azar que yo gobierno cuando decido traerlos a los dos al mismo sitio. Pero que les toquen cuartos simétricos de piso a piso no depende de mí sino del hospital, experto en fatalidades más que en prodigios. De modo que en medio del estrés de estos hechos y estos días, en medio de la rutina deprimente de ponerle buena cara al mal fario de tener que ir todos los días al hospital, la coincidencia imaginaria de las literas piso a piso le hace un guiño a mi melancolía y otro a mi fetichismo de casamentero póstumo, pacificador de guerras olvidadas, pegador de tazas rotas, de parejas perdidas, de matrimonios disueltos por sus propios méritos.

Mi padre tiene un psiquiatra joven que atiende desde hace meses su angustia cósmica. La angustia cósmica de mi padre literalmente no cabe en él. Nace de su conciencia exorbitante de estar perdiendo la memoria. Su joven y solemne psiquiatra ha peleado esa guerra contra el tiempo con batallones de fármacos cuyas dosis y efectos conoce sólo teóricamente, porque es demasiado joven para haberlos experimentado, pues los fármacos también son jóvenes, nacidos hace tan poco tiempo como tiene recetándolos el joven psiquiatra que atiende a mi padre. Los fármacos del joven psiquiatra han tenido el efecto de borrar las angustias de Godot, junto con lo que le quedaba de memoria. La pérdida de la memoria nos ha parecido en los últimos tiempos menos importante que el borrón de la angustia, pues la memoria perdida por Godot en estos años tampoco era gran cosa, a diferencia de la angustia borrada por su pérdida, de modo que cuando nos vamos al hospital una preocupación central es darle continuidad a las ordenanzas del joven psiquiatra y al joven psiquiatra mismo, con su libro, para que mientras otros médicos curan a Godot de su neumonía incidental, el joven psiquiatra siga curándolo de los asaltos esenciales de su memoria, en realidad de su desmemoria. Los médicos a cargo de la neumonía hacen caras discretas de respeto a los brujos de la familia cuando Rita les pone en la mano la lista de los fármacos que mi padre toma habitualmente desde que el psiquiatra lo medica con su libro. El cruce de la fiebre y las medicinas del hospital con los fármacos radicales que pasan del libro a la cabeza del psiquiatra novel y de su cabeza a sus recetas y de sus recetas a la cabeza de mi padre, se revela desde el primer día como un cruce terrible, origen de infernales visiones. La actuación de mi padre durante sus noches de fiebre con fármacos es inolvidable. Delira y farfulla sin moverse pero de pronto se alza sobre su brazo, tomado por la fiebre, y apunta con un índice tembloroso de la otra mano, índice digno de Colón, un lugar remoto, en el horizonte mínimo de su cuarto. Su brazo es corto, encogido por la artritis y el parkinson, pero el sueño que ese brazo busca es gigantesco, como el horizonte del mar o la condensación de los sueños perdidos, la nostalgia sin límite de haber vivido y querer volver al sitio del recuerdo que se fuga porque no es sino su propia fuga, la fuga luminosa del crepúsculo que nuestras manos quieren alcanzar, repetir, detener.

Godot tiene una neumonía, como he dicho, y hay que curarlo de eso, pero su problema es en los pulmones del cerebro que oxigenan mal, a diferencia de los de mi madre a los que les circula todavía el aire con vigor selectivo, pero arrollador. Hace sólo unas semanas, en mi casa nos ha sometido a esa vitalidad de las cosas que asoman a su mente y debe contar. Es el 6 de junio del año 2004, unos meses antes de su internación de emergencia en el Hospital Inglés. El día anterior ha cumplido cincuenta nueve años mi hermana Emma. Dentro de un mes y cuatro días, yo cumpliré cincuenta y ocho. Se fue la vida. Mi madre tiene ochenta y tres. Este año, dentro de dos meses, cumplirá ochenta y cuatro. La mujer que yo recuerdo, se fue. Medio sorda de un oído, sorda completa del otro, se aturde en la conversación coral de la sobremesa. Aprovecha cualquier cosa para engancharse imperativamente a lo que quiere decir, casi siempre un recuerdo de Cuba o de Chetumal. Ahora, la novedad de su memoria es el regreso de versos infantiles aprendidos en la escuela. Se habla del fenómeno Harry Potter y del bien que le ha hecho a la lectura en el mundo porque los jóvenes que ya no veían sino televisión, han vuelto a leer, etcétera. Ella dice: “A propósito de leer, recuerdo lo que nos hacían leer en la escuela. Porque entonces nos hacían leer. Recuerdo estos versos alusivos: ‘Sobre una mesa de pintado pino / melancólica luz echa un quinqué / y un cuarto ni lujoso ni mezquino / a su reflejo pálido se ve. / Suenan las doce en el reloj vecino / y el libro cierra que anhelante ve / un hombre ya maduro y cuenta atento / del cansado reloj el golpe lento’ ”. Mi hermano Luis Miguel le pide repetir los versos porque según él lo que doña Emma ha dicho es un soneto, pero le faltan estrofas a la memoria de doña Emma. Ángeles celebra la memoria de doña Emma. Doña Emma se cuelga del elogio de Ángeles y arranca otra vez: “Esta mujer me hizo recordar el otro día aquel epitafio. ¿Se acuerdan cómo era ese epitafio?”. Sin esperar respuesta de nadie se lanza con el epitafio: “Aquí Dolores Rendón / finaliza su carrera. / Ven , mortal, y considera / las grandezas cuáles son. / El orgullo y presunción / la riqueza y el placer / todo llega a fenecer. / Y sólo se inmortaliza / el mal que se economiza / y el bien que se puede hacer”. La conversación de la mesa cambia al tema de una amiga de mi hermana Emma a la que le robaron sus joyas en el condominio de lujo donde vive, junto a un campo de golf. Eso le recuerda a doña Emma la poesía de un preso que está en la bartolina, es decir, un preso al que van a fusilar, durante la guerra de independencia de Cuba. “Ve pasar una golondrina”, dice doña Emma “y hace esta poesía: ‘Mensajera peregrina / que al pie de mi bartolina / aleteando alegre estás. / ¿De do vienes, golondrina? / Golondrina, ¿a dónde vas? / Bien quisiera regresar / a lo que tú dejar quisiste / quisiera hallarme en el mar / ver de nuevo el norte triste (el norte triste, explica doña Emma, son los Estados Unidos, donde el patriota vivía y de donde vino a hacer la independencia en Cuba) ver de nuevo el norte triste / ser golondrina y volver / y ahí según mi costumbre/ verme a la luz de la lumbre. / Cuando vuelvas golondrina / no te detengas por mí’ ”.
Luego hay en la conversación de la mesa una historia de amores desdichados. Doña Emma activa en su memoria unos versos sobre el escarmiento de Cupido. Dice: “Esta poesía nos la enseñaban en la escuela para burla de Cupido, que es una calamidad, porque se va metiendo en todas partes. Dice: ‘En torno de áurea colmena / aleteaba Amor un día / e introduciendo la mano / frescos panales cogía. / La abeja, más fuerte que él / pues de amor no tiene miedo / de aquel chiquillo goloso / castiga el hurto en un dedo. / Chupando el tierno dedito / Cupido se echa a llorar / y presuroso a los brazos / de su madre va a llegar. / Venus, cariñosa y bella / dice al mecerle en su pecho: / Olvida lo que te hicieron / recordando lo que has hecho. / El aguijón de la abeja / no hiere con sus arpones / lo que ella te hizo en el dedo / lo harás tú en los corazones’ ”.“El cerebro de un niño es una computadora”, dice doña Emma. “¿Cómo me acuerdo yo de esas cosas que aprendí hace un siglo? Me acuerdo también de una cosa, óiganla”, pide, porque la mesa empieza a hablar, “que me acuerdo de ella. Estaba lloviznando en Madrid y había dos académicos de la lengua, uno de ellos asturiano, que son orgullosos de sus cosas, y no tienen idioma pero tienen dialecto que es el bable. Y dice el académico asturiano: ‘Está orvallando’. El académico madrileño lo corrige. ‘Así se dirá en Asturias. En Madrid a esa lluvia ligera se le llama calabobos’. Y contesta el asturiano: ‘Es que en Asturias no hay bobos’ ”. Entra un trío de sorpresa, cantando “Flor de Azalea” en celebración de Emma mi hermana. Todas las mujeres se emocionan al borde del llanto. Los hombres también. Uno de los versos de la canción dice: “Quisiera ser / la golondrina que al amanecer / a tu ventana llega para ver / a través del cristal”. Se pregunta doña Emma: “¿Por qué usarán tanto la golondrina? La hemos vuelto un pájaro cursi”. Pregunta luego, imperativamente: “¿Esa canción es yucateca?”. Nadie la oye, pero ella levanta la voz: “Díganme, ¿esa canción es yucateca?”. “No”, le contestan. “Ah, pues yo creía”, dice, “porque los yucatecos son muy golondrineros”.
Voy a ver a mi madre al cuarto de terapia intermedia cada mañana, constato con alegría que tiene hambre de tiburón hambreado, porque se come todo lo que le traen y pide más. Bajo a ver a mi padre un piso abajo, exactamente un piso debajo de mi madre, en sus literas no planeadas, y apenas come y le dan vueltas de hambre los ojos en su propio centro de nubes. Mi madre sólo tiene la cuarta parte de sus pulmones y un huracán hablante ordenado en la cabeza. Mi padre tiene los pulmones enteros y la cabeza disuelta en jirones por los años y por el vendaval de fármacos que le da su psiquiatra libresco para curarlo de sí mismo. Ángeles viene conmigo y le da de comer a mi madre, que avanza las mandíbulas de tiburón niño sobre la cuchara que Ángeles le pone enfrente. Apenas ha terminado de mascar y pide el siguiente bocado, aunque no hay nada que mascar, pues se trata de la neutra gelatina o el insípido caldo que le traen con riguroso amor la distinguidas damas voluntarias del sitio, manes aristocráticos del Hospital Inglés, la tribu abacial de las damas en rosa, rubias, elegantes, cenicientas mujeres mayores que sirven con una sonrisa y hablan con un tono impecable de vírgenes discretas, oficialas de la muerte. Mi madre está obligada todavía a usar el respirador que la llena de analgésicos y antibióticos (escribí antibipoéticos al equivocar la tecla del acento), porque eso le permite respirar. Mi padre, en cambio, respira perfectamente. La neumonía ha sido de hospital, pero él tiene los pulmones misteriosamente limpios a sus ochenta y siete años.
Mi madre ha sorteado sus peores días de ahogo. Aunque sigue en terapia intermedia y está conectada al catéter del pecho, por donde la llenan de antibióticos, y a la mascarilla para inhalar, por donde la llenan de oxígeno y expectorantes, ha recobrado, como digo, el apetito voraz, y la conciencia parlante, y ha empezado a hablar por los codos, a quejarse y recordar historias. Siempre recuerda historias y ahora dice varias, que yo no recuerdo. Mi padre en cambio no recuerda nada, pregunta sólo si me estoy haciendo cargo de sus propiedades en Chetumal. Luego mira al frente y alza el dedo y pregunta por qué está lloviendo ahí, en el pobre cuadro de listones que han colgado frente a su cama. Sus pulmones respiran bien, están curados, pero su cabeza tiene la misma tremenda pulmonía sin oxigenación que tenía al entrar aquí, o a mi vida hace seis años, o al Hospital Inglés hace unos días, donde lo han curado de los pulmones infectados pero no de su memoria ni de los fármacos del libro de su joven psiquiatra escolástico, malhechor del Vademécum.
El hecho es que empiezo a ver a mis padres curados, de vuelta al sitio precario donde estaban antes de su crisis hospitalaria, que parece ahora un mundo deseable. Empiezo a jugar con mi madre diciéndole que su marido está internado abajo, y ella arriba, y que la vida nos da sorpresas. No le hace gracia el hecho ni mi broma, pero alcanza a decir su sentencia de todos estos años: “Pobre hombre”. Por su parte, mi padre, en la escena correspondiente, es decir, aquella en la que le digo que su mujer de aquellos años está justo arriba de él en terapia intensiva, me pregunta: “¿Emma?”, y ante mi entusiasmo afirmativo comenta: “Era una muchacha hermosa de Chetumal”, lo cual deja las cosas terribles o felices en el nadie sabrá de su memoria.

He aprendido en el encuentro de mis padres lo fundamental de lo que queda de su memoria, el fondo iluminado de sus vidas. Es el rincón de su niñez y de su juventud, el mundo de las sombras radiantes que ellos habitan como niños bajo el imperio inabarcable y errático de sus padres, los resplandores de su juventud, el cajón cambiante de recuerdos que caben en la palabra Chetumal. Chetumal, su pueblo. Chetumal, su paraíso perdido. Chetumal, el ángel de la guarda de las agonías paralelas que los han unido en este hospital y del que han salido sin saber bien cómo, más débiles que como entraron, más próximos al puñado de cosas esenciales que queda en ellos luego de haberse derretido todo.
Si pongo en un baúl imaginario las cosas que mis padres hubieran guardado o que mi memoria puede recordar como emblemas de sus vidas, veo un mosquitero, un coche Packard gris oscuro y gris claro modelo cincuenta, estacionado en la entrada de nuestra casa en Chetumal; un abanico de hueso comprado en Camagüey; unos lentes verdes contra el sol de armadura dorada que mi padre usaba para manejar; una moto con que derrapó un día, llevando a mi hermana Emma; la garlopa con que mi abuelo Camín alisaba maderas en el taller de la casa de mi tío; un dedal de acero para empujar agujas; una regla en escuadra de madera, con alma de lámina, con la que mi tía Luisa hacía moldes de vestidos en su taller de Chetumal; dos maniquíes ajustables de fieltro gris, sin hombros ni piernas, donde mi madre y mi tía probaban los vestidos de sus clientas antes de probárselos a ellas, ajustando los hermosos cuerpos originales de los maniquíes a los cuerpos arbitrarios de la mala dieta y el mal dibujo en que habían terminado o empezaban los cuerpos de sus clientas; un alfiletero rojo donde cabían todos los ángeles que caben en las cabezas de los alfileres; un gorro café para colar café como un gorro frigio, adherido al círculo de alambre como una red minúscula de cazar mariposas; un reloj que mi abuelo paterno regaló a mi padre con su nombre grabado en el oro de la chapa trasera; una carta de naturalización de mi madre como mexicana; una carta de reclamo furioso de mi abuelo materno porque sus hijas se hubieran ido de Chetumal, siguiendo a mi padre a la ciudad de México; un trofeo roto de mis triunfos menores en el basquetbol; una capa de miembro de la tuna de mi hermano Juan José; una copia del libro de mi hermano Luis Miguel, Chetumal Bay Anthology que lleva en la portada azul el medallón de un retrato de mi hermosa madre joven; los diplomas de mis hermanas por aprovechamiento y buena conducta en su escuela francesa de monjas mexicanas; una máquina Singer de pedal que nadie usa hace años pero que se queda ahí a la espera de que alguna nieta necesite un vestido y haya que cosérselo de emergencia; un archivo de cajas con restos de telas y encajes que se empolva por décadas en el tapanco de la cochera de nuestra casa de México 15, donde mi madre y mi tía han cosido mil años y dejado de coser hace mil años; una credencial de policía auxiliar de El Paso de mi padre; un cuaderno de fotografías viejas, pegadas con furioso pegamento a las hojas de cartón negro, de personas que sólo mi madre puede reconocer al precio de contar también su historia; una tarjeta de la iglesia de la Santa Muerte que mora en la cartera de mi padre junto con un cortauñas sin filo y una credencial de elector que le concede la eterna juventud de cincuenta y cuatro años, cuando ya frisa los ochenta; unos lentes bifocales de mi tía Luisa que agrandan sus ojos de miope como telescopios que agrandan estrellas; un televisor de marca Motorola que reina en la sala de nuestra casa de México 15 mucho tiempo después de que ha perdido la perilla con que se le cambian los canales y la nitidez de la imagen, que se sigue emitiendo en blanco y negro para que la adivinemos, en especial las noches sabatinas de box que yo veo hasta que no veo y los domingos matutinos de futbol, que todos vemos; las fotos de sus hijos y sus nietos y sus nueras colectadas, enmarcadas y prendidas por mi madre en la pared de su sala comedor, donde todos los sábados los de las fotos comen, hablan, beben y escuchan sus historias y se miran, incrédulos y amorosos, en la pared que cuenta el paso de sus días; la cadena de metal de donde cuelgan los lentes de mi madre vieja que no puede ver; el estuche prehistórico donde mi padre guarda sus anteojos de lentes verdes que no necesita para ver; la lista de medicinas, jeringas y antibióticos gastados por mi padre y por mi madre en sus internaciones hospitalarias que yo guardo, con sus precios puntuales y su impuesto agregado; los papeles viejos que guardan las querellas judiciales de mi padre por su patrimonio familiar; las cartas de mi tía y de mi madre educando a sus hijos o defendiéndose de lo que juzgan infamias familiares; la carta de mi tía considerando la posibilidad de ir a Chetumal a matar a mi abuelo paterno, el suegro de su hermana, para resolver así no sé qué saldo impagable de cuentas familiares; el sartén asturiano sobreviviente del ciclón de Chetumal del año 1955; el alfiler de seguridad que mi madre anciana porta prendido al pecho con las llaves de su cuarto y de la casa; los trajes viejos de mi padre, comidos por la humedad, guardados desde su accidente de 1985 en distintos armarios.
Todo eso asoma, y mucho más, y mucho menos, si se lo compara con lo que no asoma porque se ha perdido.

Ceci está radiante cuando dan a mi madre de alta. Ha dormido aquí catorce de los dieciséis días que mi madre estuvo en terapia intermedia, y diez de los once en que estuvo con visitas normales, dos visitantes por vez al mismo tiempo. Un piso abajo Rita está feliz porque pese a sus delirios Godot ha perdido la fiebre y pregunta por ella y por Diego. Doña Emma no pregunta porque no ha olvidado quién está cerca. Su recuerdo no tiene valor simbólico. Godot pregunta al salir de una nube redonda al final de cuyos mullidos bombones de nácar todo recuerdo es ganancia. Y sus primeras ganancias memoriosas han sido preguntar por Diego y por la mujer que lleva junto a su cama doce de los catorce días que lleva aquí.
Salimos del hospital un día con mi padre, y al día siguiente con mi madre, luego del trámite eufórico de pagar la cuenta, sin revisarla mucho, a sabiendas de que incluye jeringas de once pesos que afuera del hospital cuestan cuatro, shots de Dormicum que valen aquí dos veces y media lo que afuera. El ojo respingador pasa por las cifras sin ánimo de esclarecimiento, con una felicidad extramonetaria de poder pagar y salir de este sitio que los mismos doctores juzgan adverso para la salud de los pacientes, pues se aturden en el ambiente neutro, sin tiempo del hospital, y están expuestos al carnaval de virus que pasea por los pasillos de los hospitales como los fantasmas de otros tiempos por las casas sin luz.
Mi padre sale acompañado por su nueva familia, que somos Rita, Delia y yo, pues mis hermanos no acaban de asumirlo como el fantasma reaparecido que es, con derechos a salvo en su corazón. Luis Miguel, mi hermano menor, que no conserva una memoria propia de su padre ausente pero que ha venido a verlo por su cuenta, esporádicamente, desde que apareció, ha escrito sobre él un poema que lo dice todo. Sus primeros versos son así:
Tres veces quise abrazar
La sombra de mi padre
Que aún sigue en este mundo
Mi madre sale rodeada de Ceci y sus cinco hijos, hablando por los codos y anticipando instrucciones para la comida de ese día. El doctor que la ha cuidado estos días crónicos nos detiene junto a la cafetería y dice con palabras de envoltura tierna pero de fondo radical:
—Hay que estar con mamá, gozar a mamá, aprovechar a mamá. Se va para la casa, para que ustedes la aprovechen. Se va sana, pero sus pulmones han trabajado lo que tenían que trabajar. Ella está sana pero sus pulmones no. Quiéranla, véanla, aprovéchenla lo más que puedan.
En La mujer de Andros, de Thornton Wilder, hay la fábula del hombre a quien el rey de las sombras permite volver a tierra siendo joven, pero llevando dentro de sí a dos seres: el que vive y el que observa. Ve a sus padres en un día normal y concluye que están muertos en vida porque son incapaces de ver el bien que tienen, y son incapaces de verlo porque la dicha de mirar continuamente ese bien que es la vida resulta insoportable para los hombres. No es así para nosotros en estos días ni para mis padres al regresar a sus casas y reconocer lo que aman. De vuelta en mi propia casa, eufórico de ese día y exhausto de los otros, duermo de un tirón hasta el amanecer, por primera vez en muchos días.

Poco después, mientras camino por el Bosque de Chapultepec, agradeciendo la bruma húmeda y vivificante que se desprende de los ecucaliptos y los ahuehuetes, vuelve a mí un viejo tema. Reincido ahora, con la lucidez de un recuento, en el hecho de que el joven que se ha llamado como yo, el adulto que se ha llamado como yo, el viejo joven o el joven viejo que se llama como yo, ha pensado siempre, en los distintos momentos de su vida, que los mayores guardan un secreto que no confiesan nunca a los menores. En distintos momentos de una vida elegida de escritor, he pensado escribir una novela con este tema capital: el secreto que los viejos ocultan a los jóvenes. La conquista de ese secreto ha sido, oscuramente, el objeto de mi vida, la ballena blanca perseguida por todos los niños, los jóvenes y los adultos que se han llamado como yo: un ansia de saber, de crecer, de dejar de ser el niño excluido del secreto de los mayores y de su soberanía envidiable sobre las cosas del mundo. El secreto perseguido es una obviedad y el cuidado puesto por los mayores en su custodia no parece ahora el fruto de un engaño, sino de una vergüenza, porque es el secreto elemental de que nada hay adelante sino los años que pasan como un parpadeo y al voltear no hay sino los años pasados y la mirada seca que los mira: la vida se va sin sentirlo rumbo a su propio muro infranqueable, porque la vida es para morir. Éste es el secreto que los viejos aprenden poco a poco y no pueden decir a los que les siguen, por la sencilla razón de que eso ha de aprenderlo cada quien, y nadie aprende en muerte ajena.
Héctor Aguilar Camín













