Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

Mientras pasa la historia

Nexos

El muerto y sus pasos

noviembre 1, 1999

Tiempo de lectura Lectura: 6 minutos

 

Sintió las pisadas habituales del perro trepándose a la cama por la madrugada,
pero el perro había muerto dos años atrás…

A muchos mexicanos les pasa con El Tapado lo que al posible personaje de este cuento de horror: sienten sus pasos en el ágora como si estuviera vivo, pero El Tapado ha muerto hace ya algunos años, de muerte histórica, de muerte política y de muerte institucional.

La institución del Tapadismo, que Abel Quezada bautizó y volvió parte de nuestro humor y nuestro paisaje político, fue la solución peculiarmente mexicana al problema mayor de toda organización política. Ese problema es cómo se transmite el poder. Si no hay reglas aceptadas para ello —cualesquiera que sean, monárquicas o democráticas, oligárquicas o plebiscitarias— todo proceso de sucesión o transmisión del poder terminará en discordia, acabará dirimiéndose por la fuerza, reduciendo la política a su mínima y más radical expresión, que es la de la guerra y la violencia.

Abel Quezada
Abel Quezada

Durante décadas, en un país que no era una monarquía ni una democracia, que arrastraba una historia de rebeliones fatales en momentos de renovación de los poderes públicos, el tapadismo resolvió el problema central de la política mediante una combinación extraordinaria de factores.

En primer lugar, la vigencia de un régimen presidencialista cuya única limitación seria era que su titular no podía reelegirse. Debía por lo mismo encargarse del problema de quién habría de sucederlo. Entregar esa decisión a la voluntad democrática de los electores parecería una solución obvia, pero ese presidente sin contrapesos gobernaba un sistema político de partido tan hegemónico que la competencia de otros partidos era apenas visible. Quien salía candidato del partido hegemónico a cualquier puesto era elegido inexorablemente. Lo decisivo en la transmisión del poder no era entonces quién resultaba elegido en las elecciones formales sino quién era el candidato del partido hegemónico.

La solución a tamaño problema de hegemonía habría sido, desde luego, someter al partido oficial a unas competidas elecciones internas, decisión que va bien y hasta es obvia en la lógica del juego democrático, pero es del todo contraria a la lógica del poder que, si puede elegir, prefiere concentrar a repartir. Los presidentes de aquel sistema de partido hegemónico optaron lógicamente por concentrar las facultades que les ofrecía la historia en lugar de dispersarlas, y extendieron poco a poco sobre los territorios del partido hegemónico su propia hegemonía indesafiable, personal e institucional.

Fue así como los presidentes de aquel sistema de partido hegemónico se convirtieron en los grandes administradores del futuro, del triunfo y de la derrota políticas. Fueron los grandes electores / designadores de los políticos que habrían de ser candidatos del partido hegemónico y por ese solo hecho, a inmediata continuación, los triunfadores en las urnas. Porque el tercer ingrediente del coctel es que en aquella república las leyes obligaban a celebrar elecciones abiertas y los gobernantes, nacidos de una revolución violenta, habían respetado sin embargo, puntualmente, aquel ritual de sociedad democrática. Se celebraban pues las elecciones religiosamente, con estricto apego a los calendarios previstos y los términos constitucionales de ejercicio de los cargos de elección popular.

Naturalmente, la organización de las elecciones era también una de las actividades hegemónicas del gobierno. En un país sin competencia de partidos políticos, no podía haber competencia electoral y, apenas, ciudadanos concurrentes. Para que las elecciones pudieran ser tenía que organizarías el gobierno y para que la ciudadanía acudiera masivamente a votar tenía que inventar sus votos el gobierno.

Así, la vida política de aquel régimen era en todo un simulacro salvo en la cuestión de fondo a resolver: transmitía el poder sin dar espacio a la discordia. Lo hacía mediante el método que Abel Quezada, genial observador y creador de la realidad pública de México, bautizó gozosamente como tapadismo.

Por analogía con las peleas de gallos en las que hay desafíos pactados contra gallos que no se conocen, porque el gallero los mantiene “tapados” hasta antes de soltarlos al combate, se habló en México de los futuros presidentes como los “tapados”. Nadie podía saber quién sería el próximo presidente porque el presidente en turno lo mantenía “tapado” hasta que ordenaba al partido hegemónico el nombre del candidato presidencial para el siguiente periodo de gobierno.

El presidente en turno jugaba a las adivinanzas con la sociedad y con el sistema político sobre quién ocuparía su lugar. Todas las ambiciones y los grupos políticos giraban en torno a su veredicto, buscando ser los elegidos, en una danza de falsas lealtades, simulaciones verdaderas, estrategias soterradas y cortesanías que alcanzaban el rango de iluminaciones históricas. Si alguien quiere conocer los intríngulis, la picaresca y la densidad humana y adivinatoria de ese proceso, no tiene más que acudir al libro de Jorge Castañeda, La herencia, que es una arqueología viva de las sucesiones presidenciales de 1970, 1976, 1982, 1988 y 1994.

Todo eso se ha ido aunque haya quienes, de tan largo el hábito, sigan oyendo sus pasos en la azotea. El simulacro democrático ha llegado a su fin en México. Las elecciones son competidas y reales. Los votantes son reales. La incertidumbre sobre quién ganará es una incertidumbre democrática, no una adivinanza cortesana sobre la ocurrencia que tendrá el presidente en cuanto a la identidad de su sucesor.

¿Cuándo murió el Tapadismo?

En sentido amplio cuando la competencia electoral de la oposición hizo imprevisible o discutible el triunfo del candidato oficial en las urnas. Esto es, en las elecciones de 1988. Tapadismo competido, impugnado y debatido en su triunfo no es tapadismo, pierde su única virtud entre todos sus defectos: transmitir el poder sin conflictos mayores.

En un sentido estricto, acaso el año de desaparición final del tapadismo sea éste que corre, 1999, el año en que el presidente renunció expresamente a decidir por sí y ante sí quién sería el candidato del partido oficial.

El partido oficial, por su parte, hace ya más de una década que no es el partido hegemónico, sino sólo, acaso, el mayoritario —con una mayoría inferior a la mayoría absoluta—. Las elecciones primarias del PRI que se definen este mes de noviembre bien podrían valer como las exequias públicas del viejo cadáver de El Tapado.

No es posible encontrar otra cosa que ventajas democráticas en ese entierro final. Todo en los ritos de El Tapado era indefendible salvo su resultado: eficacia en la transmisión del poder sin discordias. Hay todo que celebrar en los nuevos ritos democráticos de México, pero no ha probado todavía su eficacia en lo fundamental que es transmitir el poder a satisfacción de todos, inaugurar una nueva época de gobernabilidad y certidumbre. De ahí quizá los pasos del muerto que todavía se escuchan en nuestras azoteas.

 

Héctor Aguilar Camín

Publicado originalmente en nexos

 


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