Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

Mientras pasa la historia

Divagario · Nexos

Chetumal, 1955

noviembre 1, 1986

Tiempo de lectura Lectura: 4 minutos

He olvidado mi infancia, el país por excelencia de los recuerdos. Lo atribuyo al ciclón que en 1955 arrasó esa patria posible, junto con la ciudad donde empecé a vivirla, hace cuarenta años, en la ribera más protegida de la Bahía de Chetumal, que se recorta como un perfil de pelícano sobre el litoral del Caribe mexicano, en el sureste verde y remoto, frontero de Belice, la selva y Guatemala.

El recuerdo que clausura ese territorio en brumas es el de la noche del ciclón llamado Janet, del que un hermano, entonces no nacido, obtuvo versos que resumen el caso:

Chetumal: repara en mí, que soy
Hija de Janet y del espanto

El primer día que lo anunciaron, Janet no entró a Chetumal; tampoco entró el segundo. Nadie hizo caso del anuncio el tercer día: no se abandonaron las endebles viviendas ni se buscó protección en las modestas alturas del pueblo, tras las modestas construcciones de mampostería. Pero a las siete de la noche, como un diluvio, empezó el aguacero. A las diez, los vientos arrastraban hojas y yerbas y hacían crujir ventanas y rendijas. A las once, mi madre y mi tía iniciaron los rezos, seguidas por el coro de la cocinera, la nana y los hermanos, nosotros, somnolientos y asustados. Éramos cuatro hermanos, la mayor de nueve años, y mi padre no estaba.

Ilustración: Ros
Ros

A las doce, con un estruendo bíblico, se desprendió la pared del frontis de la casa, que era toda de madera, con techo de dos aguas y un corredor con mecedoras. Mi madre corrió a detener el derrumbe extendiendo inútilmente los brazos al cielo. A las doce y media, la pared se desplomó del todo, arrastrando bajo ella la mitad delantera de la casa. Nos refugiamos en el baño que era, como la cocina de cemento, pero quedaba junto al corbato, un depósito de madera flejada que captaba el agua de lluvia de los techos. El temor de que el corbato pudiera reventar sobre nosotros nos indujo a emigrar a la cocina. Era el último sitio seguro de la casa. Mi tía nos hizo cantar para disipar el hecho; temblando y húmedos, calados de miedo y frío, entonamos, absortos, cantos interminables.

Llegando la madrugada, el huracán se fue. Hubo una calma como de séptimo día, en la que hubieran podido escucharse nuestra respiración y nuestros corazones. Apareció mi tío, que venía a auxiliarnos desde su casa cercana, una tienda de concreto de dos plantas de la que nos separaban veinte metros de solar baldío y un taller mecánico. Decidimos hacer el intento de cruzar hasta su refugio y emprendimos el camino en una hilera que encabezamos mi tío y yo. Apenas habíamos asomado a campo abierto cuando el aire empezó de nuevo, una lámina se desprendió del techo del taller y vino por los aires en la madrugada blanca, como un aspa rencorosa, buscando nuestras cabezas.

Lo siguiente que recuerdo es el agua entrando, como regada con una manguera, por la rendija de la puerta de la cocina.

—Se está metiendo el mar —dijo mi madre.

Nos pusieron a los niños de pie en la mesa de la cocina y los grandes esperaron parados en el piso el ascenso del agua. Alcanzó primero sus tobillos y luego sus rodillas. Cuando les llegó a la cintura, subieron a la mesa y nos tomaron en los brazos. No había rezos ni cantos, sólo el ruido del agua, subiendo sin violencia en medio de un susurro, con un chapoteo, subiendo simplemente. Alcanzó otra vez sus tobillos, otra vez sus rodillas, otra vez sus cinturas y empezó a mojar nuestros tobillos, nuestras rodillas. Empezaba a llegarnos a todos al pecho cuando se detuvo.

—Paró —dijo mi madre.

—Paró, sí —dijo mi tío.

Y como había llegado, empezó a irse, sin prisa pero sin pausa, bajando sin violencia con un susurro, un chapoteo, bajando simplemente.

Al amanecer cruzamos a la tienda de mi tío. Había una capa de lodo de veinte centímetros. Todo lo que dominaba la vista eran montes de madera rota, un enorme astillero de casas derruidas, árboles arrancados, postes de luz derribados, lodo, maleza, calles sepultadas.

Dos días después me dolió el pie. Tenía una cortada, vieja de dos días, que casi me había cercenado el dedo gordo. Me dieron un tratamiento antitetánico en el hospital atestado de heridos, quejas, llanto y lodo. En todas partes lodo.

Todo esto está dibujado con nitidez en los ojos y los oídos de mi memoria, pero su claridad no prueba nada, porque de esos años clausurados recuerdo también con precisión imborrable una felicidad adánica, unos almendros azules y, en el aire fragante de la noche, unos dragones jubilosos, que no pudieron ser.

Publicado originalmente en nexos

 


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