La sobremesa derivó al tema de la fiesta del abuelo, y de su hermosa cuidadora, llamada Paloma, la mayor de una familia de cinco hijas. La mamá de Paloma y de sus cuatro hermanas se había ido del mundo joven, dejando a su marido viudo con las hijas niñas. El marido había encontrado consuelo en una nueva mujer, temerosa de Dios pero descuidada de las hijas de la muerta. Una tarde en que la tía de Paloma fue a visitar a sus sobrinas, las encontró en el estado enésimo de abandono y decidió llevarse con ella a las cinco, lo cual hizo sin protesta ni de la madrastra ni del padre, y las crió como suyas. Alguien en la mesa preguntó por las razones de la indiferencia del padre frente a lo que otros hubieran juzgado el rapto de sus hijas. No hubo a este propósito explicación ninguna salvo la especulación de que acaso al viudo le habría gustado la idea de que sus hijas crecieran seguras en otra casa sin traer a la suya la sombra de su esposa muerta, encarnada de irrecusable modo en los ojos redondos y avisados de sus hijas. Con el tiempo, el viudo y su nueva mujer tuvieron una niña, pero les fue mal, porque la niña creció, casó, tuvo un hijo y lo mató a puñaladas. Este salto narrativo distrajo la atención de los oyentes, uno de los cuales pidió que se fuera más despacio. Quien contaba refirió que aquella hija única había presentado desde pequeña rasgos locos, como dibujar margaritas en los puntos de las íes donde quiera que las encontraba: en su cuaderno escolar o en el de otras, en los libros de su escuela o de su casa. Tenía además el don de quedarse mirando cualquier cosa hasta dejar claro que en realidad no estaba viendo nada, sino una cosa invisible de su propia invención. Nada de esto era en ella condición continua sino esporádica, de modo que había crecido hasta casarse sin que nadie subrayara sus ausencias, y tuvo un niño, y un día en que el niño lloraba de más, ella tuvo una ausencia y cuando volvió de la ausencia había matado a su hijo con un cuchillo de cocina.
Un ah de incredulidad recorrió la sobremesa. Alguien dijo entonces que lo dicho le recordaba el famoso y silenciado caso de un pintor mexicano de los años treinta, pareja de una famosa y silenciada pintora mexicana de los mismos años treinta, cuyo bebé lloraba de más en la pequeña buhardilla del sexto piso donde vivían en París. Una tarde el pintor dijo: Este niño llora mucho, y lo tomó de la cuna y lo echó por la ventana, a resultas de lo cual el niño murió. Una risa incrédula recorrió a la mesa con expresiones como No puede ser. Alguien preguntó el nombre del pintor. Quien contaba la anécdota dijo, sentenciosamente, que no había muchos pintores mexicanos de los años treinta que hubieran sido pareja en París y asomó el nombre de un pintor más o menos famoso, en efecto casi totalmente silenciado, y de una pintora con fama de quiromántica y bruja, menos famosa y más silenciada que el pintor. De la pintora se decía que, ya vieja, en su casona de campo, devorada por la ciudad, solía recibir echada en la cama, envuelta en velos que simulaban los de la maja vestida. Un día había recibido a un gran pintor, entonces joven, y le había hecho quitar una bombilla de la lámpara art decó que había en su mesita, una lámpara con pantalla de tela estampada y flecos orientales, y la pintora había tomado la bombilla entre sus dedos de uñas largas, pintadas de negro, y la bombilla había empezado a encenderse y a apagarse como un corazón que palpita.
Una sonrisa aprobatoria corrió por la sobremesa y la conversación volvió a la fiesta del abuelo. La fiesta, de trescientos invitados, había sido en una casa frente al mar que tenía una playa privada, protegida a lado y lado por salientes rocosas. Por entre los peñascos que cerraban la playa se había colado antes del anochecer una gitana que ofrecía leer las manos, echar las cartas, decir el futuro. La fiesta era del abuelo pero estaba llena de nietos y nietas con sus parejas, en todo caso gente joven con más futuro que pasado, de modo que empezaron a hacer fila frente a la gitana parejas de jóvenes y racimos de muchachas que reían de sus cosas y que tenían caras de niñas pero piernas y pechos y miradas de mujer.
Qué bellas son las muchachas que chillan y se ríen como tontas en las fiestas, dijo alguien en la mesa.
Y qué distantes se ven desde los sesenta años de uno, dijo otro.
Había en la fiesta del abuelo precisamente un sesentón, dijo la que contaba la fiesta, que quería ver a las muchachas de muy cerquita, para lo cual sacaba a bailar a las amigas de sus hijas y se asomaba por sus escotes a cuenta de unos pasos de baile que él juzgaba sensuales, hasta que una amiga de su hija menor le dijo: “Si me sigue mirando mientras baila, señor, me voy a ruborizar del pecho”. El dios de las buenas fiestas, que es joven y atrabiliario como buen joven, lo castigó después, haciéndolo testigo del engarce de su hija menor con un desconocido que la sostenía de las nalgas y la apretaba contra él en medio de las carcajadas de la muchacha, nunca vista por su padre en esos trances inéditos, que al decir de sus amigas eran su rutina.

A propósito de la gitana intrusa alguien contó la historia de un jefe del crimen organizado que estaba echado un día en una playa de Jalisco cuando vio venir a otra gitana. Sin pensarlo, el capo alzó las manos hacia ella, y quiso saber, con solemnidad ansiosa, si veía en ellas cárcel o muerte, a lo que la gitana respondió que no veía cárcel ni muerte, pero sí a una gente cercana a él que hablaba a sus espaldas de sus cosas y lo entregaba a sus enemigos. Desde hacía tres años el capo vivía escondido, huyendo de quienes querían matarlo o aprehenderlo, durmiendo siempre en casas y en hoteles distintos, con mujeres de ocasión que entretenían su insomnio fornicario hasta que el sueño lo vencía, casi siempre con el alba. Cercano a él no tenía sino a un cómplice de los viejos tiempos, ahora su valet y su confidente, testigo de sus noches, llamado Correa. Correa lo llevaba de un punto a otro del país, y de una casa a otra, para que ni sus amigos ni sus enemigos supieran dónde estaba. Le había inventado el sistema de usar teléfonos celulares distintos cada día, para evitar que rastrearan su señal. Correa le conseguía las mujeres que necesitaba su insomnio y velaba su sueño en la puerta de su cuarto; le llevaba el desayuno por las mañanas; le compraba la ropa que le gustaba y le escogía del guardarropa la ropa del día para que se la pusiera al salir del baño. Correa era el único testigo de las cosas del capo, el único, por tanto, que podía hablar de ellas a sus espaldas, como había dicho la gitana que alguien hablaría. Fue así como el capo empezó a dudar de Correa. Una noche de tragos dijo a sus sicarios que si oían a Correa irse de la lengua se lo dijeran para mandarlo matar. Los sicarios dijeron a Correa lo que el jefe había dicho, pues no había entre los sicarios quien no le debiera a Correa algún favor nacido de su cercanía con el capo. Correa echó mano de la confianza que tenía con su jefe y le preguntó de plano si era verdad que quería matarlo, a lo que el jefe contestó sibilinamente: ¿Por qué habría yo de querer matarte? Sólo que me hayas hecho algo. Correa entendió entonces que en efecto su jefe y amigo iba a matarlo en cualquiera de sus malas noches, porque era hombre de malas noches. Decidió entregarse a las autoridades y a cambio de inmunidad contarles todo, por ejemplo, que su jefe y amigo había matado ya a otros amigos por sospechar de su lealtad, y que los teléfonos que debían intervenir para encontrarlo no eran los suyos sino los de su mujer y sus hijas, con las que el capo hablaba todos los días al menos una vez, pues era hombre de culpas y de familia. Los policías intervinieron los teléfonos de la familia y un día oyeron a la hija del jefe que invitaba a una amiguita a su fiesta de quince años. Tendieron sobre la casa el cerco que permitió la captura del jefe. Alguien de la mesa preguntó dónde estaba Correa para estos momentos. La respuesta fue que viviendo bajo una identidad falsa en una ciudad desconocida. ¿Y dónde estaba el capo?, preguntó otro. En una cárcel de alta seguridad de ubicación desconocida, le respondieron, pensando de tarde en tarde que la gitana le había dicho la verdad.
Eso es una novela, dijo alguien.
Otro contestó: Es demasiado para una novela.
En las cárceles de alta seguridad, dijo uno de los comensales, con aire metafísico, los prisioneros no tienen contacto sino con los carceleros que les acercan la comida. Se van volviendo locos. El primer síntoma de locura es que empiezan a hablar solos. El segundo, es que empiezan a contestarse.
Alguien en la mesa empezó a reírse y explicó su risa diciendo: “Mi mamá hacía eso todo el tiempo y no estaba loca”. Contó que era famosa en la familia la conversación en voz alta de su madre joven consigo misma, decidiendo si iba a casarse o no con el hombre que la traía loca pero tenía fama de tener una vida secreta con una mujer del mercado. “Deberías preguntarle si la tiene”, se dijo. “Inútil preguntarle”, se respondió. “Qué pasa si le preguntas”, se preguntó. “Puede contestar sí o no”, se contestó. “Qué pasa si contesta no”, se preguntó. “O está mintiendo o dice la verdad”, se contestó. “Qué pasa si miente”, se preguntó. “Habré inaugurado la costumbre de que me diga mentiras”, se contestó. “Y qué pasa si dice la verdad”, se preguntó. “Habré sembrado para siempre la duda entre nosotros por haberle preguntado”, se contestó. “Y qué pasa si le preguntas y te dice que sí tiene la mujer en el mercado”, se preguntó. “Romperé con él, pues será la confesión de que me ha engañado”, se contestó. “No quieres saber entonces”, se dijo. “No quiero saber”, se confesó. “Eres una idiota”, se dijo. “Una idiota que hace lo que quiere”, contestó. “Y por el hombre que le da la gana”.
Era la historia favorita que tenía de su mamá, dijo quien la iba contando. Porque dejaba claro, según ella, que la gente enamorada sólo se casa a ciegas, cerrando los ojos como los había cerrado ella con su ahora marido desde el día en que lo conoció. Alguien dijo entonces que su hija se había casado así, apasionada y ciega, como deben ser las novias, y lucía radiante ese día en el resplandor feliz de su ceguera. Le había ido mal pero el día de su boda seguía siendo inolvidable, el mejor de sus días. Por todas las razones, hasta por el cura que les tocó. El cura les había dicho en la iglesia el mejor sermón que se hubiera oído de un cura. Les había dicho: El amor es todo lo que dice san Pablo en su epístola sobre el amor, pero el amor además va y viene, hay que saber gozarlo cuando crece y saber esperarlo cuando se va. ¿De dónde sale este cura tan conocedor de la vida?, había preguntado la suegra de su hija, al salir de la iglesia, en el atrio de piedra vieja. De su propia vida, había dicho el tío de la novia, que había conseguido al cura. Dios no está allá arriba sino en nosotros, había dicho el cura en su sermón. Y sabe muy bien lo que ahí pasa. Por eso a veces perdona y a veces no, como nos consta a todos. Para estar bien con Dios hay que estar bien con uno. No pregunten afuera cómo están con Dios, pregunten dentro de ustedes. Luego, ya en la fiesta, el cura había contado algunas de sus historias de párroco de pueblo en los pueblos perdidos de la sierra. Por ejemplo:
Unos indígenas habían invadido unas tierras y vinieron a sacarlos diez soldados. Los invasores se negaron a salir y lincharon a los siete sardos. El comandante de la zona mandó de represalia un batallón que mató a treinta invasores y acordonó el predio invadido. Cuando los familiares vinieron por los cadáveres, el capitán al mando se negó a entregarlos. El cura fue entonces a pedir por su cristiana sepultura. Tampoco le hicieron caso, lo arrestaron. Dejaron los cadáveres expuestos tres semanas, hasta que la peste fue intolerable para ellos mismos y se fueron del lugar. Los recogí y los enterré uno por uno, recordó el cura. Yo digo que ahí me gané el cielo, porque no he vuelto a temer ni a dudar de dónde está el mal. Me dedico a combatirlo. El cura tenía una novia que era maestra en la universidad. Le hablaba por teléfono los domingos por la mañana: ¿Tienes misa de una? ¿Nos vemos a las dos?
Ese cura es una novela, dijo alguien de la mesa.
Ya hay curas suficientes en las novelas, dijo otro.
Quisiera ser cura para enterarme de todo, dijo alguien más.
O psiquiatra, dijo otra, que estaba viendo la serie de un psiquiatra y su relación con cuatro pacientes donde cada capítulo era una sesión con un paciente. Le gustaba la serie cuando la veía sola, dijo. Cuando la veía acompañada se sentía cursi y observada.
La fiesta del abuelo había terminado en la madrugada, agregó, en una discusión de borrachos entre el psiquiatra gurú de unos invitados y el hijo mayor del abuelo. Habían ahuyentado a todos del entorno. Discutían a gritos en un rincón de mesas vacías, mientras las parejas desveladas bailaban en la pista o paseaban por la playa. Discutían primero sobre la utilidad y la inutilidad de la psiquiatría, luego sobre la igualdad y la desigualdad de los sexos, finalmente sobre la readaptabilidad o la irreadaptabilidad de los presos. Con los tres temas gritaban y se contradecían.
Esas cosas sólo pueden discutirse gritando, dijo alguien de la mesa, porque son creencias que remiten no a distintas ideas sino a distintas caracterologías humanas. Como ser platónico o aristotélico. Ya discutir si es mejor ser platónico o aristotélico es indicio de esa irreductibilidad, añadió. Cualquier persona sensata sabe que no son asuntos de sí o no, sino que depende de cada caso.

Como la vida en general, dijo otro.
La vida en general incluye los dos temperamentos a que aludo, contestó el que hacía las observaciones.
Contó luego la historia de un famoso preso norteamericano de los años sesenta que había matado en una riña juvenil, no precisamente en defensa propia, aunque sí un poco por casualidad, y estando preso para una larga condena resultó ser un escritor dotado que envió a una revista prestigiada del este americano un relato prodigioso, a resultas de lo cual un famoso escritor adoptó como causa promover su liberación. Organizó manifiestos a favor del preso, lo volvió una celebridad literaria y al cabo de unos años indujo la revisión de su sentencia que condujo al adelanto de su liberación. A los pocos días de estar libre, el escritor llegó a un bar donde, por extraño que parezca, no había baño, y pidió a los empleados que le prestaran el suyo. Un empleado dijo que no tenían autorización para prestar el baño, el recién liberado insistió, se hicieron de palabras, se retaron a golpes y se invitaron al callejón de atrás del negocio a arreglar el asunto. El empleado salió adelante, cruzando la cocina. El ex presidiario salió atrás pero al pasar por la cocina tomó un cuchillo y antes de salir al callejón aferró al empleado por la espalda, lo detuvo del cuello con un brazo y con el otro le dio la puñalada que había aprendido a dar en la cárcel: en el plexo solar.
¿La cárcel lo había vuelto un criminal o ya lo era?, preguntó el que narraba.
La cárcel lo volvió un criminal, dijo alguien.
Yo creo que ya lo era, dijo alguien más.
No se puede dar una respuesta, dijo el que contaba la historia y siguió su relato:
Para evitar la cárcel el célebre ex presidiario huyó a México, y al llegar a la ciudad de México buscó a una pintora que había sido activista y abajofirmante de su liberación, pues era amiga de los escritores neoyorquinos que la promovieron, y lo había visitado en la cárcel californiana donde estaba recluido, pues ella residía en California en ese tiempo. Al saber que estaba en la ciudad, sin saber los motivos por los que estaba en la ciudad, la pintora celebró el hecho y decidió acercar a su celebridad literaria con el cogollo literario local, razón por la cual lo invitó a una cena de escritores y artistas plásticos. En el curso de la cena le preguntaron al célebre escritor y ex presidiario cómo le había ido en la ciudad, y contó que muy bien, se había prostituido en la calle y había robado a dos clientes, a uno de los cuales había tenido que golpear. Hubo un horror en la mesa pero no en el corazón de la pintora que lo adoptó y se hizo su amante esa noche. El abogado que defendió al escritor dijo que debía salir de la ciudad para evitar que lo aprehendieran pues estaba notificado como prófugo de Estados Unidos y había un reclamo de extradición contra él. La pintora lo hizo salir de la capital a una hacienda que tenían sus padres en Durango, donde había entonces gran movimiento porque venían de Los Ángeles a filmar westerns, de los que el escritor prófugo era un fan y, en alguna ocasión, guionista sin gloria. De la hacienda, que estaba a veinte kilómetros de la capital del estado, el prófugo fue un día a merodear el hotel de la filmación y se acercó en el bar a una asistente de diseño que hacía diseños de época para una película de pistoleros que salvaban a unos rancheros indefensos. La asistente decidió salvar al prófugo de su soledad ese mismo día y al siguiente él la invitó a la hacienda donde vivía. Un romance torrencial hizo que la asistente volviera todos los días a dormir con el prófugo en la hacienda para regresar muy de mañana, de noche todavía, al llamado tempranero de la filmación en la ciudad, y un día, cuando regresaba, bien amada y mal dormida, se salió de la carretera y murió incrustada en una pared de adobe. Nadie supo en el momento qué andaba haciendo ahí, hasta que una amiga de la ciudad de México dio la pista de que la muerta le había contado de sus viajes nocturnos a la hacienda. Por no dejar, la policía fue a revisar la hacienda, pero no encontró a nadie. La pintora se enteró de la pesquisa y supo lo que había pasado, pero no lo confesó a nadie sino años después, en una cena donde se echó a llorar diciendo que había perdido el amor de su vida y no podía mostrar ni siquiera un rastro de queja por él.
¿Qué pasó con el prófugo?, preguntó alguien.
No hay noticia de su paradero, dijo el que había contado. Fue como una aparición perfecta del mal: intenso y esporádico, porque el mal, como quería Aristóteles, es imperfecto, no existe por sí mismo sino por la exacerbación de los extremos. Por ejemplo, la temeridad, extremo imperfecto del valor. Y la cobardía, extremo imperfecto de la prudencia.
Eso es una novela, dijo alguien.
Demasiado general para una novela, respondió alguien más.
La conversación volvió a la fiesta del abuelo y a la felicidad de los cuerpos jóvenes que se respiraba en ella. Alguien dijo entonces que recordaba la boda de su hija como un momento de felicidad absoluta que no habían podido borrar ni las aberraciones posteriores de su yerno. Y contó el día de su amor guerrero por su hija, el día que su hija le confesó que no podía más con su marido. ¿Por qué?, le preguntó. ¿Porque la había engañado? No, no la había engañado. ¿Porque la había maltratado? No, no la había maltratado. ¿Porque había descubierto en su marido algo intolerable, un lado oscuro, un crimen? No, muy lejos de eso. Porque había perdido la magia y el deseo de él y, suspendida la magia, el hombre con quien se había casado no era sino un animal extraño que comía con la boca abierta y hacía cosas intolerables en su casa, como ir al baño y dejarlo oliendo a lo que olía. Se había ido la magia, la vida común no era tolerable, pero él no quería separarse, pues no entendía el hartazgo repentino de su mujer. La mamá que contaba la historia había tenido aquel arresto de amor guerrero y le había dicho a su hija: Te separas cuando quieras, y si quieres hoy. Hoy mismo puedes dormir en mi casa y no vuelves a la tuya, cosa que su hija hizo esa misma noche. Al día siguiente la mamá empezó los trámites para poner a nombre de su hija una de las dos casas que tenía y le dijo a su marido, que tenía fortuna aparte: Lo que vayas a heredarle a tu hija, se lo heredas ahora, para que pueda decidir libremente si quiere seguir casada o no. Todo esto, explicó, porque recordaba las historias convergentes de tres de sus amigas con hijas atadas por falta de dinero. Una se había divorciado, luego de una vida de perros, sólo cuando su madre murió y le heredó una casa y un dinero. Otra había respondido a la pregunta de por qué no se divorciaba si su marido la había mandado dos veces al hospital con dos golpizas: Sólo que se muera mi mamá, siendo su mamá una rica viuda que ignoraba la atadura matrimonial de su hija por falta de dinero. La tercera, porque, ante las enésimas lágrimas de una hija por el maltrato que le daba su marido, exigiéndole entre otras cosas que pusiera en la casa algo del dinero de su herencia, una madre riquísima había dicho: “Te heredo en vida, mi hijita, desde luego. Pero te divorcias de ese pelafustán”.
Una ola de alegría recorrió la mesa. Alguien levantó su copa y dijo, como si brindara:
Eso sí es una novela.

Esta frase desató en los comensales la risa franca que la historia sutil había sembrado. Hubo un silencio, en que todos bebieron murmurando, al final de cuyo murmullo una de las comensales que había estado silenciosa dijo algo así como:
—Yo me casé porque tenía que casarme y lo hice con un hombre que no me disgustaba. Tuve un matrimonio desabrido, pero no sin amor. Y me acostumbré a comer eso, aunque salía de vez en cuando a un restorán. Nunca fui una buena cocinera, pero acabó gustándome la comida de mi casa. Acabé enamorándome o aquerenciándome con mi costumbre. Y entonces mi marido, como saben ustedes, se murió y me dejó hecha la viuda más viuda de la vida. No sé por qué les digo esto, pero es la verdad. Brindo por mi marido muerto que está más vivo que nunca en mi memoria.
Una gran risa de la dueña de la casa convocó las risas reticentes de la mesa. La mujer que había contado el día de la boda de su hija volvió a recordarlo. Dijo que había estado tan triste como el crepúsculo de ese día y que viendo ese crepúsculo le dieron ganas de querer a su marido como si se estuviera casando con él otra vez ese día. Vio entonces que las amigas de su hija venían a buscarla y pedían al novio que se las prestara. Estaba amaneciendo en el gran jardín donde se celebraba la boda, junto a un bosque. La brisa del amanecer mecía los árboles. Les daba de frente a las amigas que caminaban hacia ellos, pegándoles los vestidos a los muslos y alzándoles el pelo como una cauda de sueños enmarañados, seguros de sí. Vio a su hija conversar y compartir el viento con sus amigas y tuvo ganas de llorar. Pensó luego que era tiempo de revisar si los baños portátiles que habían puesto para los invitados eran la porquería que inevitablemente iban a ser. Estaban limpios como lámparas de alabastro, o al menos así los vio luego de la media botella de champaña que se había tomado. Se escondió tras los baños de alabastro y se puso a llorar porque se llevaban a su hija para siempre. Nadie se la llevaba a ningún lado y ella adoraba a su yerno, pero se puso a llorar. Quedaban todavía muchos invitados bebiendo y bailando. En un aparte de la euforia, le dijo a su yerno, con el corazón en la mano:
—Quisiera morirme hoy y volver a nacer para vivir esta misma vida, este mismo día.
Alguien dijo en la sobremesa:
—Eso es el principio de una novela.
Los comensales rieron a carcajadas, sin saber por qué.
Héctor Aguilar Camín













