Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

Mientras pasa la historia

Divagario · Nexos

William Styron: en la marea de la memoria

enero 1, 1996

Tiempo de lectura Lectura: 18 minutos

Con Una mañana en la costa, William Styron ha vuelto al terreno de la ficción luego de haber vadeado el horror de la depresión que relató de manera contundente en Esa visible oscuridad. “¿Y qué es lo que ha hecho en este primer libro de su resurrección este ser frágil, recién devuelto del infierno, convaleciente aún de su propia depresión? Ha ido a buscar en su memoria los momentos fundadores de su pérdida, y ha vuelto a bajar a las avenidas paralelas de lo indecible y lo insoportable: los hechos dolorosos que apenas nos atrevemos a mirar, la simple y pura presencia del mal y las tinieblas bajo el cuadro claro y nítido en que a la vez resplandece y se expande la vida”. Este texto fue leído en la presentación de Una mañana en la costa en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el 25 de noviembre de 1995.


Ya que este libro de William Styron está dedicado a Carlos Fuentes, recordaré que la primera vez que vi a Styron fue hace bastantes años, a fines de los años sesentas, escoltado por el propio Fuentes, en una librería universitaria, ya desaparecida. Styron acababa de publicar Las confesiones de Nat Turner y había ganado el Premio Pulitzer. No sé si había empezado a recibir ya la andanada etnofóbica que convirtió esa novela en un tabú, al inventarla como un libro racista, derogatorio, agraviante para la historia y el orgullo de la comunidad negra de Estados Unidos. En todo caso, el público congregado en la librería universitaria de Insurgentes no se había dado cita para linchar ni impugnar a Styron, sino para mirarlo, conocerlo, celebrarlo. Recuerdo que Fuentes hizo una elocuente presentación de Styron (el adjetivo elocuente para Fuentes no es sólo una cacofonía, también una redundancia) ubicándolo en la gran tradición literaria norteamericana, de Melville a Faulkner y, en particular en la tradición literaria del Sur, de cuyo árbol mítico y épico, bíblico y trágico, Styron es una rama moderna.

Fuentes recuerda que, al final de la presentación, cuando se abrió el acto a preguntas del público, una mujer, que podía haber escapado perfectamente de alguna novela del mismo Fuentes, se puso de pie, empezó a recitar la colección de agravios nacionales de la hora y dijo al final algo así como: “Estas son las cosas de las que queremos que nos hable aquí usted, Señor Satiricón”, refiriéndose a Styron.

Lo que yo más recuerdo de aquella velada fue la modesta negativa de Styron a emprender explicaciones teóricas o analíticas sobre el sentido de la literatura o la responsabilidad del escritor. Dijo entonces, con voz trémula, titubeante, muy adecuada al pensamiento que buscaba camino para expresarse, la frase que quiero poner al frente de estos comentarios: “El escritor es un ser frágil”. Lo dijo como pidiendo: No lo asedien. No lo expriman de más. Confórmense con sus historias. El tiene bastante con sus propios demonios, con sus visiones e imaginerías, con su dolor y el dolor de los otros, del que debe rendir cuentas.

Creo que el caso de William Styron, muestra de sobra que, en efecto, el escritor es un ser frágil. Pero muestra también que ese ser frágil, cuando es un escritor de la estirpe y el aliento de Styron, es el más fuerte e indoblegable de los seres frágiles. Porque es el que se atreve a ver, como se ha atrevido Styron, lo que los otros no saben, no pueden o no quieren ver: se atreve a tocar y a nombrar nuestra zona de sombras, aquello radical, a menudo siniestro e intolerable, que hay bajo la superficie rutinaria, trivial o resplandeciente de la vida y la memoria.

La fragilidad del escritor es entonces una variable de su fortaleza, una consecuencia de su coraje. Está dispuesto a bajar al infierno y su ángel guardián, como el de Rilke, es el ángel de lo terrible. Ese es el ángel que ha hablado a través de la poderosa fragilidad de William Styron, el ángel de lo terrible que anida en el corazón trágico y oscuro de nuestro siglo. Los escenarios cambian, pero el ángel de lo terrible preside siempre la ceremonia del arte literario, esencialmente trágico, de William Styron.

El escenario es el campo de entrenamiento de la infantería de marina recreado en La larga marcha (1953), donde el horizonte de trivial brutalidad de la vida militar alcanza niveles insoportables de sadismo hasta transmutarse en otra cosa, en un orbe concentracionario y demoniaco de resistencia y castigo. O es la paradisiaca villa italiana, donde un joven magnético, extravagante outsider de la sociedad americana, cambia su pesadilla de aire acondicionado por los juegos de la crueldad y la autodestrucción, como en Esta casa en llamas (1960). O es el paisaje rural de la Virginia esclavista del siglo pasado, donde un Mesías negro ilumina con el relámpago de la rebelión, la venganza y la muerte, el sótano de opresión sobre el que está construida la facha próspera y señorial del Sur segregacionista, como en Las confesiones de Nat Turner (1967). O es el viaje al centro de la encarnación misma del mal que puede ofrecer el siglo XX, el universo nazi y su huella indeleble, no sólo por las cifras gigantescas de su horror y sus métodos industriales de exterminio, sino por su capacidad de activar las miserias últimas del corazón humano en búsqueda desesperada de autopreservación y supervivencia, como en La elección de Sofía (1979).

El ser frágil que es el escritor William Styron ha podido contarnos estas historias terribles y a la vez catárticas, sórdidas y al mismo tiempo luminosas, demoledoras y al mismo tiempo bañadas de genuina compasión y de un hálito final, persistente, de luz y esperanza. En todas y cada una de sus novelas, Styron ha podido ver y hacernos ver la realidad oscura del mundo reflejado en las figuraciones de su imaginación trágica, y ha regresado para contarlo, para contárnoslo.

Ilustración: Izak Peón

Pero nadie que baje o ascienda a los infiernos, nadie dispuesto a mirar de frente a los ángeles terribles, regresa indemne. El libro cuya aparición en español nos convoca hoy es en varios sentidos el de un superviviente. En el año de 1985, la oscuridad siempre latente, siempre acechante, de la vida humana dejó de ser una visión literaria en la vida de Styron y empezó a ser parte de su autobiografía. Una depresión crónica lo hizo bajar a los infiernos y mirar de frente, en persona, la inminencia desolada y a la vez indiferente de su muerte. Styron ha dejado una memoria apasionante de su propio descenso al Hades en Esa visible oscuridad, aparecida en 1990.

Una mañana en la costa es el primer libro de ficción que Styron publica desde que la melancolía, la bilis negra, aquella tormenta de sombras, lo tomó del cuello. ¿Y qué es lo que ha hecho en este primer libro de su resurrección este ser frágil, recién devuelto del infierno, convaleciente aún de su propia depresión? Ha ido a buscar en su memoria los momentos fundadores de su pérdida, y ha vuelto a bajar a las avenidas paralelas de lo indecible y lo insoportable: los hechos dolorosos que apenas nos atrevemos a mirar, la simple y pura presencia del mal y las tinieblas bajo el cuadro claro y nítido en que a la vez resplandece y se expande la vida.

Esta es la materia de Una mañana en la costa, un libro compuesto por tres relatos que son como los primeros pasos de un ser nuevo o vuelto a nacer, de un sobreviviente. En los trazos esenciales de estos relatos, sin embargo, el Styron de siempre está de cuerpo entero. Está —completo en sus temas, en sus obsesiones, en sus procedimientos narrativos— el gran escritor de las novelas anteriores, como si los nuevos relatos fueran una nueva declaración de nombradía y pertenencia, una afirmación refundadora de su mundo.

Los materiales de Una mañana en la costa aceptarían mal la denominación de cuentos y también el de novelas cortas. Son la evocación de tres momentos claves de la niñez y la juventud de Paul Whitehurst, trasunto autobiográfico del propio Styron, moldeado muy cercanamente sobre experiencias del escritor, a la manera del Nick Adams de Hemingway o el Lucien Leuwen de Stendhal.

El primer relato, “Love Day”, regresa al mundo de la marina que está en La larga marcha y corresponde a los veinte años del personaje. Es un extraño e inspirado circunloquio que empieza a bordo del acorazado donde Whitehurst y su compañero de la infantería de marina de los Estados Unidos rumian su frustración y su vergüenza por no haber participado en el desembarco de Okinawa. La frustración los conduce a buscar la compañía consoladora de su héroe del momento, el teniente Halloran, cuya conversación absurda, desorbitada en su machismo convencional y en su decálogo de estupideces, propiedad exclusiva de la infantería de marina, termina por desenterrar en Whitehurst el verdadero origen del malestar que lo ronda.

Se trata de una escena de años atrás en que una discusión inesperada de sus padres lo hace asomarse por primera vez al sombrío terreno por donde la historia y la grandeza misma de su país, tanto como el bienestar de la familia Whitehurst y de la región donde viven, están unidos, como con un cordón umbilical, a la guerra, la destrucción y la muerte. Irritado por una avería mecánica en el coche que no puede componer, el padre de Whitehurst, que trabaja en los astilleros donde se construyó el barco en que su propio hijo se embarca rumbo a la guerra del Pacífico, rasga los velos de la buena conciencia de su esposa Adelaide y le recuerda lo obvio. Le recuerda el piadoso olvido con que ella, igual que millones de otros americanos durante la guerra, pasa por encima de uno de los hechos centrales de la vitalidad de su país: su vocación de guerra, su ethos militar, contraparte exacta de su permanente búsqueda y necesidad de un enemigo que justifique y exalte su espíritu de cruzada, de guerra santa y justa, de defensa del bien contra sus amenazas, llámense esas amenazas Moby Dick o las brujas de Salem, “las salas de Moctezuma o las riberas de Trípoli”, como dice el himno guerrero de los marines.

Dice el padre de Whitehurst increpando la ingenuidad de su mujer Adelaide:

—Adelaide, ¿acaso no te das cuenta de que todo el mundo está abrasado por el fuego de la guerra (…), lo ha estado siempre y lo seguirá estando? ¿Qué piensas que he estado haciendo estos últimos años? ¿Para qué crees que he participado en la construcción del Ranger? ¿Para que los aviones hagan viajes turísticos a la Bahía de Chesapeake? ¿Para qué crees que hemos construido el Yorktown? ¿Y el Enterprise? ¿Y por qué crees que vamos a construir el Hornet? Y así, hasta el infinito. ¿Crees que el gobierno de los Estados Unidos se está gastando millones de dólares en la construcción de esos barcos sólo para ostentar su preciosa flota puesta al día? No, querida —la palabra “querida” dicha habitualmente en tono cariñoso se pronunció ahora con un matiz cruelmente sarcástico—, quieren hacer la guerra y la harán y los beneficiarios ya somos en este momento tú, yo y todos nuestros amigos de la península de Virginia (…). Es muy sencillo, querida. Nosotros pertenecemos al reducido grupo de los afortunados que vivimos de la maquinaria de guerra.

Apenado entonces por su explosión de lucidez y mal humor, Jeff Whitehurst se disculpa cariñosamente con su esposa, que es ya presa de un cáncer terminal, y trata de explicar su molestia, sólo para volver, por el conducto no del malhumor sino de la evocación fúnebre, al mismo centro imantado de la historia americana:

No puedo evitar pensar en las generaciones (…), en todos los antepasados directos que han sufrido heridas o mutilaciones o han resultado muertos en casi todas las guerras que este país ha combatido. Los bisabuelos en la Revolución y en 1812. Ambos heridos. Mi abuelo en aquella despreciable guerra con México, muerto en Buena Vista. Mi padre medio ciego y tan gravemente mutilado en Chancellorsville a la edad de diecisiete años que tuvo que pasarse todo el resto de su vida renqueando y sufriendo sacudidas como un enfermo de parálisis espasmódica. Yo fui el único que me libré durante la Gran Guerra gracias a este bendito soplo cardiaco, aunque lo compensé en cierto modo trabajando como aprendiz en los astilleros donde se estaban construyendo los cruceros pesados.

En uno de esos cruceros que ayudó a armar Jeff Whitehurst, hemos encontrado a su hijo Paul al principio del relato, diez años después de esa escena, convertido en un infante de manera perfecto: afilado, fuerte, musculoso, sediento de cabezas japonesas, ávido de grandeza, violencia, ejecución y muerte.

El segundo relato, llamado “Shadrach”, regresa por un ángulo inesperado al mundo del Sur esclavista recreado ampliamente en Nat Turner. No es el Sur señorial, próspero, legendario, que lleva sin embargo en su vientre la violencia racial, sino el Sur de las entreguerras, empobrecido y astroso, en el que antiguos señores sobreviven apenas, a base de mil astucias empresariales pero en verdad destilando alcohol clandestino, única actividad rentable ya en una Virginia rural devastada por la depresión.

Al seno de una familia de viejos terratenientes patricios, empobrecidos al punto de la indigencia, llega como un fantasma del pasado un negro de cien años llamado Shadrach, cuya última necesidad en la vida es ser enterrado en la tierra donde nació esclavo y de la que fue expulsado con su liberación. El relato consiste en la magistral recreación de la decadencia de los Dabney y, con ellos, del Sur estadunidense durante la Depresión. Su trama es el acarreo de los despojos vivos de Shadrach al lugar natal. Muy lejos de deslizarse por la anécdota a ninguna discusión histórica o polémica sobre la grandeza o la ignominia del Sur esclavista, aunque sin dejar de señalar que la abolición de la esclavitud significó para muchos libertos una tragedia peor que la de ser esclavos, Styron filtra en la historia de Shadrach la realización de un mito universal: el hallazgo momentáneo pero efectivo de una felicidad mítica, de un reencuentro cabal con la inocencia perdida.

A la vista de la poza donde debió nadar en su infancia, como nadan hoy los hijos de los Dabney, Shadrach recobra, en los ojos retrospectivos del narrador, un momento limpio y perfecto de su vida, un momento que la cierra y la culmina.

Siempre he pensado que aquel joven Shadrach que se había emancipado en Alabama tantos años atrás, fue arrojado de hecho a otra servidumbre tal vez más dolorosa que la de la esclavitud legal. Mil veces se ha contado la crónica de todos aquellos seres arrojados a una nueva e incomprensible pesadilla; de su pobreza, hambre y humillación; de aquellas cruces que ardían de noche, de las matanzas indiscriminadas y, por encima de todo, del miedo constante. Nada hay en esta historia de aquellas locuras y carnicerías, pero, sin hacer por lo mismo una breve alusión a ellas, yo no sería fiel a Shadrach. A pesar de la gran serenidad con la cual se había referido al hecho de que lo hubieran “despojado de lo mucho que tenía”, debió de sufrir grandes adversidades. Y, sin embargo, ahora comprendo que su regreso a Virginia no se debió a una añoranza de la antigua esclavitud sino a un deseo de recuperar la inocencia perdida. Vi a Shadrach no como alguien que hubiera huido de la oscuridad, sino como alguien que buscaba la luz refractada en un fugaz momento del recuerdo de su infancia. Mientras los viejos y empañados ojos de Shadrach contemplaban la alberca y a los niños que se zambullían en ella entre gritos, vi en su rostro una paz y una calma inconmensurables e intuí que había recuperado el único momento puro y sereno de toda su vida.

La diversidad de temas y personajes de Una mañana en la costa tienen un punto recurrente de encuentro. Todo el libro está teñido por los rastros de una cavilación implacable y al mismo tiempo solidaria, sobre los padres de Whitehurst, sobre su vida inteligente, contenida, amorosa y al mismo tiempo fracturada por heridas invisibles, por una mutua insatisfacción crónica y la tácita certidumbre de haber fallado en algo fundamental que los separa y los amarga en silencio.

En Esa visible oscuridad, luego de correr por todo el teclado de su depresión, Styron asume una explicación originaria de su daño: la proclividad depresiva de su propio padre y la muerte prematura e irreparada de su madre. El pasaje dice así:

La predisposición al mal provenía, he llegado a creer, de mis primeros años: de mi padre, que combatió a la gorgona durante buena parte de su vida y fue hospitalizado en mi niñez tras una desesperada caída en espiral que, en visión retrospectiva, he venido a estimar muy semejante a la mía. Las raíces genéticas de la depresión parecen hoy algo incontrovertible. Pero tengo el convencimiento de que un factor aún más significativo fue el fallecimiento de mi madre cuando contaba yo trece años; este trastorno y esta aflicción precoz —la muerte o desaparición de un progenitor, especialmente la madre, antes o durante la pubertad— aparece reiteradamente en la literatura sobre la depresión como un trauma con probabilidades de crear un estrago emocional casi irreparable.

El tercer y fundamental relato de Una mañana en la costa es nada menos que la narración de esa muerte, la reconstrucción perturbadora e inolvidable de la escena que Styron juzga la fundadora de su propio infierno personal, el origen de la visible oscuridad que lo tomó por el alma al cumplir los sesenta años. Es la evocación de una muerte que siguió cumpliéndose en los meandros emocionales del escritor el resto de sus días, hasta que casi lo condujo a él mismo a la extinción, y hasta que pudo empezar a ser exorcizada, vista de frente, admitida, completada en su duelo, en las páginas de este relato cuyo título es el mismo del volumen, Una mañana en la costa.

No quiero intentar resumir lo que de por sí, me parece, es una obra maestra de síntesis, el trazo plenamente logrado, en unas sesenta páginas, de la rica materia humana, histórica y sentimental de una novela. Me habría gustado, desde luego, leer una novela larga y demorada de Styron con la composición minuciosa de todo lo que está en este relato extraordinario: el Sur y los Estados Unidos en la inminencia de la Segunda Guerra, las historias convergentes de Jeff y Adelaide Whitehurst, su recíproco esplendor y sus heridas invisibles. Ella, hija del refinamiento europeizante del Norte, tocada por el dios de la música y sus oficiantes alemanes. El, hijo contenido y orgulloso del Sur, tocado por el pesimismo de la inteligencia y levantado por el optimismo de la voluntad. En medio de ambos, el hijo único, lúcido y sin refugio en el castillo encantado de su soledad, mirando por las rendijas de sí mismo y de su mundo el más allá amenazante de la guerra, la enfermedad, el desamor y la muerte.

En torno a esta trilogía, mutilada estúpida y prematuramente por el cáncer materno —que se abate sobre la familia Whitehurst al tiempo en que la Segunda Guerra avanza sobre el mundo—, Styron construye un duelo retrospectivo radical, justamente mediante el procedimiento contrario al desahogo: mediante el distanciamiento y la precisión quirúrgica de la memoria, mediante la fría reconstrucción de la incapacidad de los personajes para mirarse y asumirse devastados, inermes, arrasados por el dolor y la pérdida.

La muerte de Adelaide significa para Jeff Whitehurst, literalmente, la pérdida de Dios. Así lo confiesa desafiantemente al ministro religioso que lo visita, en una de las escenas culminantes del relato y, quizá, de la obra toda de Styron. Pero la ostentación paterna de esa pérdida por la estúpida muerte de Adelaide, representa para Paul, su hijo, que observa la escena sin que los actores se den cuenta de su presencia, una pérdida aún más decisiva: la de la posibilidad de obtener consuelo y protección de la fortaleza de su padre en el momento de la mayor desgracia de su vida.

Perdida la madre joven y esencial, perdido el padre sólido y resistente, perdido el mundo con dios, en el espejo de aquella mañana en la costa sólo se refleja el vacío, el vacío que Styron llenó los años siguientes con sus ficciones, pagó con su depresión y en este libro empezó a mirar de frente, con la profundidad y el tranco desgarrador habituales en el arte superior de su literatura.

Al final de Esa visible oscuridad, Styron escribió:

Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta (Dante), subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como el “claro mundo”. Allí, todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación.

E quindi uscimmo a riveder le stelle

Y otra vez contemplamos las estrellas.

Quiero decirle que es una felicidad tenerlo entre nosotros, con su largo y profundo viaje a cuestas, back in business, en la feria propiciatoria de esta ciudad donde acaso la falta de smog nos permita, al menos esta noche, mirar por un rato las estrellas.

 

Héctor Aguilar Camin


Publicado originalmente en nexos


 


Escribe tu correo electrónico para recibir
las últimas actualizaciones y sugerencias de lectura.

Intuit Mailchimp