Me inquietan los gatos. Miran con fijeza indiferente como si nos supieran de más. Alguien debería explicarles a los perros, dice Hugo Hiriart, que no deben profesarnos esa admiración perruna, pues son infinitamente superiores a nosotros. Alguien debería explicarles a los dueños de gatos que no son en realidad los dueños, sino la propiedad de sus gatos.

Hay gatomanía y gatofobia. No creo padecer ninguna de las dos, pero sé historias de gatos que me inclinan al horror más que a la adhesión.
No fui testigo, pero puedo imaginar con precisión el dominio de los gatos sobre los años finales de Elena Garro: un museo de olores imposibles y felinos ubicuos, absolutos dueños de su dueña.
Conocí los estadios iniciales del dominio de los gatos sobre la vida de Carlos Monsiváis, aquella entrega elegida de su cuarto y de su biblioteca a la proliferación de gatos sin otro pedigrí ni otro parecido que su voluntad indiferente y altiva de dominio.
Me entristece pensar que en tanto amor esclavo por sus gatos Carlos Monsiváis adquirió al menos parte de la fibrosis pulmonar que le acortó la vida. Sus pulmones, dijeron los médicos, estaban atrofiados al 70% por los miles de pelos de gato que había aspirado por años en su compañía.
Recordé al saber esto, el diagnóstico de esterilidad hecho sobre una púber por su larga convivencia con los gatos. La convivencia con los gatos produce un porcentaje de esterilidad en niñas que se vuelven mujeres rodeadas de gatos.
Recuerdo de los primeros días de residencia en mi casa, hace 20 años, junto al bosque de Chapultepec, la persistencia de un camino de gatos que se habían hecho dueños de una caseta abandonada.
Una noche, mientras escribía con la puerta abierta al viejo patio de la vieja caseta, vuelta ahora una cochera, sentí más que escuché, pues los gatos son inaudibles, la mirada radiante de un gato midiéndome desde la oscuridad del patio, como si preguntara por el viejo refugio.
Fue como dar un salto a lo desconocido, la impresión de estar siendo mirado silenciosa pero cabalmente desde el más allá.
De Paz a Vargas Llosa
En uno de mis dos o tres intercambios telefónicos con Octavio Paz, recuerdo haberle comentado la historia de aquel gato y haber escuchado de él lo fundamental que sé sobre los gatos, a saber, que los gatos no son animales domésticos, sino pequeños tigres en acecho que no se domestican nunca. Conservan intactos bajo sus pelambres de terciopelo los mandatos salvajes de su naturaleza.
Paz debía saber mucho de gatos. Su viuda Marie Jo, bella y alegre mujer, vivía rodeada de gatos, como si supliera con ellos la presencia indomada del poeta.
Días antes de que le abrumara felizmente el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa preguntó en una cena si era verdad que la afección pulmonar que terminó matando a Monsiváis tenía que ver con los gatos.
Refirió luego, con humor memorioso, que su madre había tenido siempre una fobia cabal por los gatos, y que él la había heredado al punto de que la peor noche de su vida, la peor noche que podía recordar, era la de una cena con un anfitrión cuyo gato, consentido hasta la ceguera, como todos los gatos, decidió hacerlo víctima de sus preferencias y no cesó de rondarle las pantorrillas bajo la mesa o dar saltitos a su hombro desde el sofá, hasta configurar para él, fóbico hereditario de los gatos, la más siniestra cena de que tuviera memoria.
Nunca son mascotas
Al revés, hay personas, como el propio Monsiváis y el anfitrión de aquella noche de Vargas Llosa, que no podrían imaginarse la vida sin la compañía de un gato, o muchos gatos, y sin la gozosa servidumbre voluntaria que los gatos, como ninguna mascota doméstica, son capaces de imponer en sus dueños, acaso porque los gatos en realidad nunca son mascotas ni se domestican, sino que establecen secretamente con los humanos un juego de soberanías en el que no hay transacción: sólo saben ganar o separarse.
En la casa de huéspedes de mi adolescencia aprendí que las gatas venden caro su cuerpo, que sus amores son utilitarios, exigentes y violentos.
Lo aprendí con una gata a la que alguien puso Querry, absurdo nombre que me recuerda el más extraordinario que alguien haya puesto a una gata, el que le puso Monsiváis a una de sus últimas gatas favoritas: Miss Antropía —el mejor que se ha puesto a un gato que no era gata se lo puso Cortázar al suyo: Teodoro W. Adorno.
Querry salió un día de la casa y estuvo varias noches fuera, al punto que la dimos por perdida. Volvió una tarde por los caminos de gatos que daban a la azotea de la casa como si la hubieran quemado o torturado, flaca y turbia, la pelambre oscura y blanca de gata corriente llena de manchas y rasgones.
Estuvo escondida varios días y volvió luego a su normalidad altiva. Una noche se metió en una caja de cartón que había quedado de unas navidades y al día siguiente mi hermana Pilar, que le tenía debilidad de dueña de gatos, la encontró en su nido y vio que había parido cuatro gatitos, uno de ellos muerto.
Hay pocas cosas tan bellas como un gato bebé y pocas cosas tan inquietantes como una gata en brama haciéndose preñar en medio de la batalla. Hay que ser un gato salvaje para enredarse con una gata en brama.
Así cazan los gatos
Me lo ha contado Luis González de Alba: los animales no sólo matan por necesidad, porque tienen hambre, para comer. También matan por el gusto de hacerlo. El reino de la naturaleza es el de la violencia continua. Los gatos son ejemplos cabales de la violencia gratuita de la naturaleza. Se complacen matando a sus víctimas, con lentitud y premeditación.
Yo vi a un gato poniendo su pata de uñas como cuchillas sobre un gorrión vivo. El gorrión estaba lisiado del primer ataque del gato y el gato se entretenía haciéndoselo saber con el toque pausado de sus garras.
Me pregunto: ¿premeditan sádicamente sus torturas o sólo los miramos con ojos que saben lo que es torturar? El hecho es que animales como los gatos no matan sólo porque quieren comer o por defenderse o por defender a los suyos de un ataque, sino que matan lentamente como verdugos sádicos. Lo había cazado en el momento en que el gorrión se disponía a volar.
Así cazan los gatos. Se acercan a sus víctimas con pies de gato y las cazan con saltos de tigre y contundencia de leones. El prestigio literario de los gatos es invencible, universal. Nadie ha dejado de escribir algo sobre gatos, y entre los más altos Lope de Vega, con su Gatomaquia, y T.S. Eliot con los poemas que dieron paso al inolvidable musical Cats —Old Possum’s Book of Practical Cats […].
La verdad indomable de la naturaleza
Los gatos son apacibles aunque sean engendrados en batallas terribles y aunque vengan después de matar. Un gato puede matar en un rapto de velocidad y furia, y al segundo siguiente volver a ser un gato.
Los gatos son los animales más representativos de la verdad indomable de la naturaleza que los hombres han podido acercar a sus vidas, aparte de ellos mismos. Porque los hombres son más mortíferos que los gatos y que cualquier otra especie del mundo animal. […]
Una amiga me contó que una de sus gatas de angora, esas gatas bizcas como diosas egipcias que deambulan indomadas e indiferentes por su casa, desarrolló la manía de rendirle tributo poniéndole al pie de la cama lo que había cazado la noche anterior. Y cada mañana ponía algo junto a la almohada, normalmente un pájaro tieso o un ratón demediado.
Un millón de pájaros al día
Recuerdo haber leído en The Economist hace varios años que unos etólogos dedujeron por los restos hallados que los gatos de Londres mataban unos siete millones de pájaros al año.
En el pasaje final de la extraordinaria novela Freedom, de Jonathan Franzen, ungido por la revista Time, y bien ungido, como el gran novelista americano de su generación, hay un bello, divertido y terrible episodio de combate con los gatos.
Un personaje central de la novela, un conservacionista, obsesionado en particular con la protección de los pájaros, vive como ermitaño, penando sus largas penas, en un santuario natural de pájaros en las riberas de un lago que ha empezado a ser colonizado por urbanitas ricos que se mudan al lugar con todo y gatos.
El ermitaño dedica dos años a explicar a sus vecinos que deben mantener a los gatos dentro de sus casas, pues son una amenaza terminal para los pájaros del santuario.
Al pasar de los inútiles, lunáticos, conmovedores alegatos de su ermitaño, Franzen nos deja saber que hay en Estados Unidos unos 75 millones de gatos, los cuales matan algo así como un millón de pájaros al día: 365 millones al año.
La espera de la amada
No sé, la verdad, por qué incurrí en estas reflexiones sesgadas y amateurs sobre los gatos, acaso porque leyendo a Franzen recordé la Gatomaquia de Lope y fui a releer los pasajes que tenía subrayados, en particular el inmortal elogio del gato enamorado que en medio del invierno más crudo puede pasar la noche esperando a su amada indiferente, gata de “gatarrígidas orejas”.
Pienso ahora que escribí de gatos sólo para justificar la citación de ese y de otro pasaje de Lope que se corresponden entre sí, pues el primero describe a la irresistible gata Zapaquilda, por la que suspiran todos los habitantes de los tejados de Madrid, y el segundo elogia la incomparable espera de la amada, en la intemperie cruda del invierno.

Retrato de Zapaquilda
Estaba sobre un alto caballete
De un tejado sentada
La bella Zapaquilda al fresco viento,
Lamiéndose la cola y el copete,
Tan fruncida y mirlada
Como si fuera gata de convento:
Su mismo pensamiento
De espejo le servía
[…]
Ya que lavada estuvo,
Y con las manos que lamidas tuvo,
De su ropa de martas aliñada,
Cantó un soneto en voz medio formada
En la arteria bocal, con tanta gracia
Como pudiera el músico de Tracia:
De suerte que cualquiera que la oyera,
Que era solfa gatuna conociera,
Con algunos cromáticos disones,
Que se daban al diablo los ratones.
Elogio de la espera
¿Qué cosa puede haber con que se iguale
La paciencia de un gato enamorado,
En la canal metido de un tejado
Hasta que el alba sale,
Que en vez de rayos coronó el Oriente
De carámbanos frígidos la frente?
Pues sin gabán, abrigo ni sombrero,
Febo oriental le mirará primero,
Que él deje de obligar con tristes quejas
Las de sus gata rígidas orejas,
Por más que el cielo llueva
Mariposas de plata cuando nieva.
La Gatomaquia está dedicada a “Don Lope Félix del Carpio, soldado en la armada de su majestad”, muerto poco después de escrita la obra, a principios de 1634.
Los gatos son sagrados
Publiqué varias de las notas que anteceden en el diario Milenio de la Ciudad de México y recibí un alud de correcciones y protestas. Perdí al menos un cuarteto de lectores iracundos por mi sacrílega gatomaquia. Los gatos son sagrados. Recibí también admirables explicaciones del misterio fundamental en que los gatos reposan, ajenos a la ignorancia de nuestra mirada.
En primer lugar, de la antróloga gatuna Marta Lamas, quien retiró, “con los maullidos de protesta de mis felinos”, toda responsabilidad de los gatos en la fibrosis mencionada de Carlos Monsivás. La causa de aquella fibrosis fue múltiple, explicó Marta: en primer lugar genética, pues la habían padecido otros miembros de la familia, y después libresca: por el polvo acumulado en los libros, que da lugar a una atrofia pulmonar denominada “del anticuario”.
Me corrigió también el biólogo Antonio Lazcano Araujo, diciendo que le había gustado la descripción de Paz de los gatos como pequeños tigres, pero que en realidad tigres y gatos son familias de felinos que poco tienen que ver entre sí, empezando porque los tigres no maúllan como los gatos, pero sobre todo porque sólo en los gatos se han encontrado “anticuerpos para un parásito que se llama toxoplasma”. Los gatos adquieren ese parásito comiendo ratones y “los expulsan con las heces”.
La “explicación evolutiva” de este hecho, dice Lazcano, “es espléndida y, como la naturaleza, totalmente amoral: aparentemente el parásito libera grandes cantidades de dopamina que afecta la conducta de los ratones y los hace buscar espacios abiertos, con lo que quedan expuestos a la depredación”.
Recibí también una puntual explicación del matar demorado de los gatos de José Antonio Jiménez: “Los gatos no matan por el placer de matar. Instintivamente muestran una irrefrenable necesidad de atrapar todo aquello que se mueve, por eso persiguen pelotas de estambre o cualquier otro juguete, como lo hacen con cualquier animal que se mueva y pueden engullir. Son excelentes y ecológicos plaguicidas contra ratas, cucarachas, arañas y alacranes. Normalmente sus presas de caza las llevan a ‘la guarida’, o sea que entre tantos atributos negativos habrá que resaltar uno positivo: su generosidad”.
El vigilante del amanecer
Alguien me envió también el poema sobre su Gato Loco del poeta Jaime Sabines, quien lo inmortalizó de este modo:
Lo he calumniado. Le he llamado el gato loco; he dicho que necesitaba un psiquiatra. Me he burlado de él torpemente. En cuanto empieza a oscurecer, mientras la gata se acomoda en los sillones de la sala, el gato bizco comienza su ronda nocturna… sale al patio y se pasa toda la noche, dando vueltas y vueltas, maullando, buscando algo, alguien. A las siete de la mañana, más o menos, se viene a dormir. Y así todos los días.
Me preguntaba si se sentía prisionero, angustiado o qué. Hoy me he dado cuenta que es sólo un oficio: él patrulla la casa contra fantasmas, malas vibraciones y extraterrestres. De aquí en adelante le llamaré el patrullero de la noche, el vigilante del amanecer.
Héctor Aguilar Camín













