Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

Mientras pasa la historia

Divagario · Nexos

La conjetura Duverger

abril 1, 2013

Tiempo de lectura Lectura: 10 minutos

Crónica de la eternidad postula inverosímilmente que el autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España no es el canónico y venerado Bernal, sino su antípoda y capitán, el de por sí enorme e intolerable Hernán Cortés. Más todavía: postula que Bernal y su crónica de la conquista son una emanación de la pluma de Cortés, como la conquista lo fue de su espada.

Ilustración: Patricio Betteo

Christian Duverger asalta esta proposición con energía de apóstata y licencias de novelista policiaco. Salta sobre su certidumbre sin recato pero no sin rigor académico, luego de una severa inmersión en las fuentes y en la historia del manuscrito madre de la Historia verdadera. Su tesis desorbitada hace parecer débiles sus fuentes, pues se trata de un disparo tan fuera de las convenciones y las certidumbres historiográficas vigentes, que la única prueba cabal de sus asertos tendría que ser un hallazgo documental del tamaño de ellos. Por ejemplo, la aparición del manuscrito que, según Duverger, Cortés habría escrito durante sus últimos años en Valladolid, mientras nutría la historia que escribió Francisco López de Gómara, asistía al convivio de la más refinada conversación de la España de la época y sostenía su infatigable alegato con tribunales y autoridades en defensa de su nombre, su fortuna y su lugar en la historia.

En medio de su libertad estilística y analítica, y de sus proposiciones iconoclastas, Crónica de la eternidad tiene algo de fórmula lógica, de silogismo categórico. Le viene bien la palabra conjetura en el sentido matemático del término: una teoría cuya coherencia interna espera una comprobación científica.

La coherencia interna de la conjetura de Duverger tiene dos pasos. El primero establece una duda razonable sobre la posibilidad histórica y literaria de Bernal Díaz del Castillo como autor de la Historia verdadera. Duverger lleva a sus últimas consecuencias las conocidas lagunas, dudas y contradicciones documentales que componen la “biografía enigmática” de Bernal. Cuando termina de visitar y cotejar esas brumas, lo que el lector tiene frente así, llevado por la mano a la vez apasionada, elocuente y provocadora del escritor, no es el gigantesco cronista popular de la conquista, sino una cadena de preguntas que se parecen mucho a la incertidumbre, si no al vacío.

Esta es la piedra de toque de la conjetura de Duverger, su condición de posibilidad. Se despliega en tres alegatos complementarios: 1. La inexistencia de Bernal en la mirada de sus contemporáneos; 2. La imposibilidad de su propia mirada omnisciente sobre los hechos que describe; 3. La improbabilidad de su memoria de esos hechos.

Hay un puñado de documentos laboriosamente descubiertos que prueban la existencia de Bernal Díaz en este o aquel momento de la enorme gesta que narra, pero tanto en las crónicas de sus contemporáneos como en los más sólidos acervos documentales sobre la conquista de México, la falta de menciones a Bernal tiende a configurar, en efecto, lo que Duverger llama un “silencio ensordecedor”.

El ubicuo, siempre presente, activo y atento Bernal de su propia crónica, no aparece mencionado en las de sus contemporáneos: ni en las Cartas de relación de Cortés, que no ahorra menciones de lugartenientes y capitanes, ni en los relatos e historias de la época, sean de los testigos Francisco de Aguilar, el Conquistador Anónimo, Andrés de Tapia o Bernardino Vázquez, sean de los cronistas Gonzalo de Oviedo y Pedro Mártir. No hay menciones de Bernal en el juicio de residencia de Cortés, por donde desfilan exhaustivamente personajes del entorno del conquistador, empezando por sus soldados y lugartenientes, terminando por sus intendentes, mayordomos y muleros. En el hasta hoy más riguroso acervo de documentos cortesianos, los reunidos en cuatro tomos por José Luis Martínez, biógrafo insuperado de Cortés, no aparece tampoco el narrador omnipresente de la crónica de Bernal: él mismo.

“Ultradocumentada”, concluye Duverger, “la conquista de México no tiene nada de un hoyo negro historiográfico. Ahora bien, en esa plétora de archivos, ¡en ninguna parte encontramos huella alguna de Bernal Díaz! Ahí hay un misterio”.

Lo hay, desde luego, como lo hay en la más evidente de las condiciones de posibilidad de la crónica bernaliana, precisamente aquella que las fuentes contemporáneas le otorgan de modo tan avaro: el haber estado presente, mirando sobre el hombro de Cortés, en todas y cada una de las acciones fundamentales de la conquista, desde las primeras expediciones hasta la muerte del conquistador y sus exequias.

Según su propia crónica Bernal va y viene con Cortés a todas partes, está presente en cada una de las aventuras que culminan en la caída de la gran Tenochti-tlan en 1521, luego en la expedición a las Hibueras de 1524, en el primer regreso de Cortés a España de 1528 y en su vuelta triunfal a la Nueva España como marqués del Valle, en 1530; en las expediciones que llevan al descubrimiento del todavía llamado Mar de Cortés en 1535, en la llegada y establecimiento del adversario virrey Mendoza, y en el último viaje de Cortés a España de 1540, del que Bernal da cuenta como el mismo “testigo de vista” de toda su viva, detallada y verdadera historia.

¿Cómo pudo estar Bernal en todo eso sin que haya quedado huella de su presencia en otro lado que no sea en su crónica y en algunos avaros testimonios y documentos que dan fe de su paso por aquí y por allá? Es el segundo misterio que asalta la inquisición de Duverger.

El tercero, desde luego, es cómo pudo alguien, aun habiendo estado en todos esos sitios y teniendo acceso directo a todos esos hechos, recordarlos tantos años después de sucedidos, con tal abundancia y precisión de detalles, con una memoria capaz de recordar hasta qué caballo tenía cada jinete. Aun si se acepta que Bernal empezó su crónica mucho antes de los 84 años que dice tener al concluirla, la hazaña mnemotécnica que plantea la Historia verdadera está más allá de lo verosímil, es parte de la leyenda más que de la historia de Bernal.

La leyenda: he aquí el libro único de un soldado desconocido, que nunca ha escrito nada hasta que un día, leyendo la imprecisa historia de la conquista de un López de Gómara, se pone a refutarla con los recuerdos de lo que había visto, y recuerda y escribe todo lo que hoy puede leerse en ese libro absoluto de la memoria que es la Historia verdadera. Puede ser, pero es al menos improbable. Tan improbable, es verdad, como cualquier obra de genio.

Cumplido el primer paso de la conjetura, que es establecer la duda sobre la posibilidad histórica y literaria de Bernal, Duverger puede dar el segundo: llenar el vacío de Bernal con la posible autoría de Cortés.

Si Bernal no escribió la Historia verdadera, se pregunta Duverger, ¿quién pudo escribirla? Luego de echar una convincente mirada en torno a los personajes que pudieron hacerlo, Duverger concluye que el único candidato sólido a llenar el vacío es Cortés. Tenía todo para ello, en particular la memoria requerida, pues había vivido creando y recreando los archivos de su propia gesta.

Duverger procede entonces a uno de los momentos notables de Crónica de la eternidad: el relato de los últimos años de Cortés en Valladolid. Vemos a un Cortés inmerso en la batalla de siempre por sus bienes y su nombre, pero vivificado por la experiencia intelectual de una Academia que él mismo patrocina, donde se debaten a la manera de los diálogos platónicos los más refinados asuntos, entre ellos, por ejemplo, “la diferencia entre lo oral y lo escrito”, precisamente la que hay entre la historia de un testigo presencial como Bernal, y la escrita por un historiador como López de Gómara.

Duverger introduce aquí su convicción de que en esos días Cortés proveía a Gómara de la información necesaria para escribir su historia profesional de la conquista, y escribía paralelamente la crónica del hecho como testigo presencial, desplazando la mirada del yo dominante de las Cartas de relación al nosotros que baña la Historia verdadera.

Según Duverger, el manuscrito de Cortés habría pasado a América en manos de los hijos de Cortés, que intentaron hacerse del reino de la Nueva España en 1562 y pensaban publicarlo como parte de su intento. Los herederos del conquistador fracasan estrepitosamente en su aventura, por sus propios méritos. Son reprimidos, perseguidos y finalmente regresados a España, pero durante la persecución algunos de sus partidarios huyen con el manuscrito a Guatemala, dice Duverger, y el manuscrito llega por un azar inexplicado a manos de Bernal Díaz, en el año de 1566.

Las peripecias de la escritura y el viaje del manuscrito de Valladolid a Nueva España y de ahí a Guatemala, son las partes más flojas del libro de Duverger historiográficamente hablando. Su debilidad documental es ostensible y da pie a los señalamientos reiterados de que Duverger ha escrito más bien una (mala) novela que una historia. No lo creo.

Aparte de que no habría por qué suponer que la imaginación novelística es menos capaz de llegar a la verdad que la investigación histórica, lo cierto es que las debilidades documentales, las omisiones, incluso los errores de la conjetura de Duverger están lejos de ser los de un diletante, un improvisado o un fabulador ingenuo. De su calidad escritural, histórica y académica ha dejado constancia el propio José Luis Martínez en el prólogo a un libro anterior de Duverger dedicado a Cortés:

Dentro de la gran tradición de la prosa francesa, Duverger es un narrador cuya fluidez no se ve impedida por las marañas documentales. Cortés tiene una bibliografía impresionante; sus propios escritos, los de sus compañeros y jefes, los testimonios indígenas, los de historiadores y cronistas de Indias desde Bernal Díaz hasta los contemporáneos de hoy. Nuestro autor maneja lo esencial de este repertorio, que rara vez cita en su texto principal, prefiere ponerlo en las notas y así logra la fluidez antes aludida.*

Algo semejante sucede en Crónica de la eternidad. Contiene, por ejemplo, uno de los rastreos más informados y reveladores de la historia del manuscrito madre de la Historia verdadera, sus interpolaciones y ediciones, sus contradicciones y, una vez más, sus misterios, pues no existe un manuscrito original sino sólo copias de copias.

Como al pasar, con una sonrisa, Duverger hace trizas la autenticidad del retrato de Bernal publicado por Genaro García en su edición de 1904 de la Historia verdadera, retrato que sigue pasando como la efigie del cronista y que no es sino la reproducción de un cuadro del rey Enrique IV de Francia, publicado en México con una identificación equivocada y aparecido luego misteriosamente en una edición de Filadelfia como un “viejo grabado” que se encontró en un libro de historia de Guatemala.

La conjetura de Duverger es una invitación erudita a pensar y leer de nuevo a Bernal y a Cortés, autores paralelos de las obras mayores de un momento capital de nuestra historia, cuyos enigmas están lejos de haber sido resueltos.

La crítica de Duverger al fantasma de Bernal merece al menos la admisión de una duda. Duverger no prueba que Bernal no haya escrito la Historia verdadera, pero establece una duda razonable de que lo haya hecho. Establece después la férrea posibilidad histórica de que si Bernal no escribió la Historia verdadera, el único otro que pudo escribirla es Cortés, con lo que llegamos al corazón de su conjetura: si pudo no ser Bernal, no pudo sino ser Cortés.

El lector que admita la posibilidad de lo primero ha de admitir la posibilidad de lo segundo, y se divertirá, irritará, ilustrará, sorprenderá enormemente leyendo Crónica de la eternidad.

 

Héctor Aguilar Camín


* “Un nuevo Cortés mestizo”, en Christian Duverger, Cortés, Taurus, 2005.

Publicado originalmente en nexos

 


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