José María Pérez Gay escribió dos novelas: La difícil costumbre de estar lejos, de 1984, y Tu nombre en el silencio, del año 2000. Escribió también cuatro libros de ensayos. Uno dedicado a los escritores mayores de la Viena del novecientos, El imperio perdido, de 1991. Otro, a la pesadilla sangrienta que fue la destrucción de Camboya, en ese tiempo Kampuchea: El príncipe y sus guerrilleros, del año 2004. Un tercero, La supremacía de los abismos, que reúne sus refinadas piezas periodísticas sobre otros despeñaderos del siglo XX: la guerra chechena, el demorado infierno de Chernobyl, la historia intelectual de la bomba atómica. Y La profecía de la memoria, del año 2012, una fina caminata por la fundación, la política, la cultura y la vida de la tardía nación alemana, del año 2012. Ésta fue la última caminata de Pérez Gay, a la vez una novedad y un regreso a sus obsesiones. El paseo empieza en Bismarck y en Nietzsche a fines del siglo XIX, termina en Habermas, Sloterdijk y Sebald, a principios del siglo XXI.

Si los libros de Pérez Gay fuesen ciudades, estarían llenas de puentes ocultos, plazas diáfanas donde sentarse a conversar y rincones secretos, encantadores unos, vecinos del infierno otros. La atmósfera de sus libros es el de una misteriosa claridad contra el crepúsculo de un incendio.
El sentido original de la palabra ensayo le va bien a las búsquedas filosóficas, históricas y literarias de José María Pérez Gay. Fue el escritor natural del fragmento y de las citas, de los acercamientos, los rodeos, las iluminaciones: un escritor de la modernidad. No narra, urde. No explica, pone juntas cosas que significan. Va y viene, se acerca, se retira, regresa. Procede por asedio y seducción, por conexiones inesperadas.
Por ejemplo, la exquisita comparación del muro antimigratorio estadunidense de hoy con el Limes romano, aquella línea de piedra de 740 kilómetros que empezaron a construir los Antoninos para marcar a los bárbaros los límites de la civilización, que los bárbaros terminaron conquistando a sangre y fuego para volverse luego, a través de los siglos, sus emblemas. (“El ocaso del futuro: el Limes romano y la gran migración”, en La supremacía de los abismos).
Pérez Gay fue gozoso y personalísimo traductor de algunos de los maestros de la lengua alemana. No de sus obras canónicas, sino de sus fragmentos desconocidos. A través de los años, en un flujo a la vez incesante y digresivo, guiado por el placer más que por la rutina profesional, vertió a un español tan elegante y fino como su caligrafía, pasajes de Franz Kafka y Karl Kraus, Robert Musil, Elias Canetti, Paul Celan, Walter Benjamin. Últimamente Gottfried Benn, de quien cito, por el gusto de citarlo, en la versión de Pérez Gay, un poema de perfecta y compartida intimidad.
Madre
Te llevo en la frente
como una herida que no cierra,
no siempre duele, por ella
no brota muerto el corazón.
Sólo a veces, de pronto,
estoy ciego y tengo un sabor
a sangre en la boca.
(1913)
Las traducciones de Pérez Gay son una antología personal. Si las pusiéramos juntas veríamos la obra de un escritor que invita a otros a decir lo que él quiere. Veríamos también a varios escritores diciendo, con sus fragmentos, la obra que escribe el traductor. Pérez Gay no traduce, recrea. Es uno mismo con el escritor que es. Del espíritu y el secreto de su oficio de traductor hay esta comparación elocuente: luego de abrazar al caballo y perder la razón en Turín, Nietzsche escribe una carta enigmática a su amigo, el maestro Piero. En la traducción ceñida y literal de Héctor Subirats esa carta de dos líneas dice:
Maestro Piero:
Cántame una nueva balada. El mundo se ha oscurecido y todos los cielos se regocijan de ello.
En la versión libre y personal de Pérez Gay, la carta dice:
Maestro Piero:
Cántame otra canción. El mundo se transfigura y todos los cielos se deleitan.
No hay un escritor mexicano que haya conversado tanto con Alemania, y haya traído a Alemania tanto a nuestra conversación como José María Pérez Gay.
Si emprendiera la tarea delirante de Walter Benjamin de hacer el mapa de mi vida, haciendo de mi vida una especie de ciudad, una de las calles que la cruzarían casi de principio a fin tendría que llevar el nombre de José María Pérez Gay.
Sería una calle de iniciaciones. La mayor y definitiva de ellas, la iniciación de la amistad. Luego, la de los libros, el sueño adolescente de la literatura. Luego, la de las mujeres, reales e imaginarias, que cruzan por las noches solitarias de los jóvenes dispuestas a ganarlos y a perderse. Luego, la de la imaginación que contagia, multiplica y enreda la vida.
Como a todos los amigos verdaderos, nos acercaron y separaron los sueños, los amores, las lecturas, y la política. Sospechamos con discreción nuestros secretos más íntimos y compartimos sin rubor los otros. Codiciamos de jóvenes a la misma mujer. Sostuvimos a lo largo de la vida una extensa conversación sobre el sentido de la historia y sobre los malos sueños de la civilización, una conversación gobernada por la metáfora de Walter Benjamin sobre el enano deforme que se esconde bajo la mesa de banquetes del progreso.
Tuvo el talento de la ironía. Y la astucia de enseñar a los demás a aceptar sus defectos mediante la humilde, festiva o resignada aceptación de ellos. Volvió un arte la pasión de añadir detalles a la realidad. Supo ser perezoso en lo que lo aburría y diligente en lo que lo apasionaba. Lo tentó la política, pero no la credulidad. Fue un precoz desengañado de quimeras y utopías del siglo XX.
Fue también un actor desbordado de sus propias emociones, y un eterno niño que inventaba, conmovía, compartía y conquistaba. Tuvo el don de encantar a las mujeres y la inteligencia, típica del novelista y del político, de saber lo que querían los demás. Tenía una voz rica y gutural, buena para la poesía y el canto, para las conversaciones en voz baja, y para leer interminablemente por el teléfono los textos que había escrito.
Nada de lo que hizo en la vida fue para herir, dominar, dañar a otros, sino para entretenerse y para satisfacer sus propias fantasías. Disfruté por años el pulso fabulatorio de su talento que puede advertirse en sus libros de ficción, aunque no del todo, pues aparece ahí cernido por el dios de la razón. Su razón no tuvo el filo solitario del silogismo, sino el matiz ambulatorio de la conversación. Descreía de las ideas si no podía ver en ellas el cuerpo de los hombres o mujeres que las sirven, y poco le interesaba la grandeza espiritual si no incluía las debilidades del corazón.
José María Pérez Gay fue para mí un amigo y un autor favorito. Fue además una novela, la novela que no tuve que escribir porque la tenía a la mano en su persona. Sus primeros años transcurrieron en una carrera llamada Ciencias de la Comunicación de la Universidad Iberoamericana, donde Pérez Gay fue uno de los primeros 14 alumnos. Yo, uno de los primeros 60. Aquella carrera pretendía formar intelectuales conscientes de su tiempo capaces de influirlo y moldearlo con el uso de los medios de comunicación. Era el sueño solitario y un tanto desvariante de un jesuita llamado José Sánchez Villaseñor. De nadie habrá sido un tutor tan decisivo Sánchez Villaseñor como de José María Pérez Gay. Lo atrajo a su carrera soñada contra todo protocolo escolar y lo indujo después a marcharse a estudiar a Alemania, con un libro adelante y otro atrás.
Supongo que podría empezar ahora a escribir la novela de aquel muchacho y aquella escuela del modo más llano y verdadero con algo como esto:
Yo tenía un amigo Pérez Gay. Se llamaba José María. Sus amigos de la universidad le llamábamos Chema. En su casa le llamaban Pepe. Luego de muchos años empecé a llamarle Pepe, y le sigo llamando así, al punto de que el otro día cuando alguien me preguntó por mi amigo Chema, no entendí la pregunta, sino hasta que me dijo sus apellidos. Entonces entendí que en mi cabeza aquel amigo Pérez Gay no era parte de mis amigos de la universidad, que le llamaban Chema, sino parte de la familia que he adquirido, donde le llamamos Pepe.
Ahora que busco en mi memoria momentos clave de mi vida con Pérez Gay, ahora que empiezo a trazar la larguísima calle con su nombre que cruza la ciudad de mis afectos, lo recobro casi siempre desbordándose en carcajadas. Vive en mi recuerdo riéndose de sí mismo y de los demás, actuando hasta la temeridad sus fantasías, nutriendo generosamente su vida para verterla luego, mejorada, en el río de sus confidencias.
Murió el domingo 26 de mayo del año 2013 a las dos y cinco de la mañana. Voy a recordarlo con la primera imagen de él que vino a mi cabeza cuando Lilia, su esposa, me despertó esa madrugada para decirme que había muerto. Voy a recordarlo riendo.
Héctor Aguilar Camín













