Es el 6 de mayo de 2010 en Ciudad Juárez. Jorge Castañeda y yo hemos venido a presentar nuestro libro, Un futuro para México, al estado de la República que parece tener el futuro más negro. Hemos estado en la ciudad de Chihuahua en el campus del Tec de Monterrey, hemos dado una conferencia en la Coparmex y cenado con un grupo de empresarios y políticos. Al día siguiente hemos volado a Ciudad Juárez para estar temprano en el campus del Tec, hemos ido después al campus de la Universidad Autónoma de Chihuahua, después a comer con el Consejo Ciudadano de Ciudad Juárez, después a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, finalmente a una exposición del grupo ciudadano que diseña, junto con el gobierno federal, un modelo de policía para la ciudad.
Al terminar esta última reunión, mientras nos despedimos de los presentes, un vecino de mesa me dice que el drama de Ciudad Juárez se resume en la palabra “desmodernidad”. La palabra suscita mi escepticismo, pero mi vecino explica: “Es lo que pasa cuando se da un salto económico sin un salto social. La modernidad se vuelve su contrario. El resultado final es peor que la falta de modernidad previa. Eso ha sucedido en Juárez”.
Hemos pasado dos días oyendo a investigadores, estudiantes, empresarios, gente de los medios y organizaciones ciudadanas del estado. Hemos tenido la prudencia de hablar poco de nuestras propuestas y preguntar mucho a quienes vienen a escucharnos. Decimos una y otra vez a nuestros interlocutores: No creemos tener una respuesta para los problemas de Chihuahua. Queremos aprender de las respuestas que Chihuahua tiene para sí. Hemos venido sólo a las dos ciudades principales de este inmenso territorio: la que lleva el nombre del estado y su hermana terrible, la “hermana república de Juárez”, como dicen con sorna los chihuahuenses de la capital. En ambos lugares, pero sobre todo en el segundo, la imaginación del desastre colora nuestra visión de lo que vemos. Pero no vemos gran cosa.
Nada revela a primera vista el estado de sitio virtual que vive Chihuahua. Todo transcurre en la normalidad visual común a otras ciudades de la República: grandes extensiones de terreno urbano, vialidades anchas, jardineadas y prósperas. Ciudades planas, bajas, extendidas y en expansión. Ciudades con guetos de pobreza, marginación y violencia que podemos evitar los turistas y los habitantes de la ciudad que no viven en ellos.
Vamos de un punto a otro de la ciudad, la cruzamos dos veces yendo y viniendo a nuestras reuniones. No vemos sino una vez un convoy militar, de ésos que tienen ocupado el estado. Durante el siguiente día completo de ir y venir por las calles de Ciudad Juárez, vemos una concentración surreal de soldados: han tomado como base de operaciones el estacionamiento de una tienda de juguetes para niños. El Mundo del Niño, dice la leyenda del lugar, cuyo estacionamiento rebosa de tanquetas con soldados, aferrando metralletas que giran en redondo. Las huellas de la batalla están en las calles del centro: negocios cerrados, edificios vacíos. Y en el relato de nuestros anfitriones: prácticamente nadie sale de noche, hay un toque de queda autoimpuesto.
Al salir de la reunión con el Consejo Ciudadano de Juárez, en la colonia Ex Hipódromo de Juárez, debemos evitar una calle por donde avanza un cortejo fúnebre. Alguien ha muerto y lo llevan largamente a enterrar muchos coches y muchas motos. Apenas reparo en el hecho, pues mientras cruza el cortejo voy leyendo la nota principal de El diario de Juárez de ese día. 14 colonias del occidente y el sureste de la ciudad son las más peligrosas, dice la nota: territorios asolados por bandas y pandillas que empiezan tomando la calle de su cuadra, siguen robando la casa de la esquina y terminan contratándose con el narco. Son las 14 colonias con menos servicios públicos, escuelas, hospitales, pavimento, zonas verdes, iglesias y policías de la ciudad. Pero son las 14 colonias con mayor número de organizaciones de voluntariado social comunitario.
En una de las reuniones con universitarios un observador no convencional de la vida de la ciudad dice lo que nadie se atreve a pensar. Juárez es una zona de fricción permanente, con una sociedad civil más potente que su organización política. Las pandillas son una expresión de esa fuerza extraestatal o extraterritorial. Hay 425 confesiones religiosas identificadas en la ciudad (cuatrocientas veinticinco). Refiere el caso de un cholo que ha cambiado cuatro veces de religión y tiene tatuada una virgen de Guadalupe en la espalda. ¿Qué busca ese cholo en su necesidad de pertenencia y fe? Lo mismo que busca la ciudad: una forma, una fe, una comunidad posible en un espacio donde el piso de pertenencia está destruido, un lugar que todavía no se ha inventado, que el cholo va inventando con su propio paso, como lo va inventando la ciudad, en su deriva informe, violenta, inexplicada, a la caza de un futuro ignorado que por lo pronto es un presente sin forma.
“Desmodernidad”: modernización económica sin modernización social. Un avance hacia atrás. El concepto ordena algo de lo que he oído en estos días. En la vieja casona remodelada de Luis Terrazas, el histórico hombre grande de Chihuahua, lugar que hace unos años era una casa de la cultura y hoy un restaurante de cinco estrellas, asistimos a la conversación fascinante de los empresarios mayores del estado, inventores de la industria maquiladora que convirtió a Ciudad Juárez en una de las ciudades más atractivas del mundo para la inversión extranjera. Se quejan: el estado no invirtió a la par que ellos lo hicieron. No construyó las viviendas de los trabajadores que podían pagarlas porque tenían trabajo. No pavimentó las calles ni puso el alumbrado público en las colonias perdidas que crecían como hongos. No puso las escuelas, las clínicas, los parques, los campos deportivos, los espacios de vida comunitaria, la urbanización gemela indispensable del boom económico.
“Ni lo puso el estado ni lo pusimos nosotros”, dice un industrial que vende en Chihuahua y Texas carne equivalente a un millón de hamburguesas por día.
“No lo puso nadie”, concuerdan los otros, para no discutir.
Nadie pensó, tampoco, que la maquila iba a ser ese fenómeno. Pensaban que daría empleos a los miles de jóvenes chihuahuenses que en aquel momento no tenían escuela ni trabajo. Hablamos de los años 1960: la ciudad tenía entonces 280 mil habitantes. Pero 400 mil en 1970, 600 mil en 1980, 800 mil en 1990, un millón 200 mil en el año 2000, un millón 300 mil en 2005, un millón 400 mil el día de hoy. Fue un imán nacional. Llegaron por miles los juarochos, migrantes de Veracruz cuyo mote acabó describiendo a los descamisados de todo el país que llegaban a Juárez: migrantes pobres, ansiosos, dispuestos a trabajar y a sobrevivir en la ciudad llena de fábricas y falta de casas. Hubo empleo, riqueza, inversión productiva. No hubo orden, servicios, gobierno ni inversión social. Algo parecido sucedía en los años ochenta en Cancún: gente venida de todos lados al nuevo Viejo Oeste turístico, gente sin casa y con empleo: riqueza expansiva sin piso social, crecimiento sin instituciones, citadinos sin ciudad, obreros sin sindicatos, niños sin escuelas, colonias sin luz, agua ni policía. Auge local sin gobierno local. Cancún corrigió. Juárez, no.
Al día siguiente, en Ciudad Juárez, durante un almuerzo de sándwiches fríos en el salón de una escuela que alberga a los dirigentes del Consejo Ciudadano, oímos la larga, penetrante queja de la ciudad. Es el lamento ciudadano por la impunidad, el genuino desencanto, el contagioso hartazgo de los juarenses por el abandono de su ciudad por gobiernos y políticos. Síntoma elocuente: el actual alcalde priista no duerme en Juárez sino en El Paso. La ciudad que gobierna no es suficientemente segura para él y él no corre el riesgo que no pueden evitar sus gobernados: dormir en la ciudad que gobierna. Lo mismo que los empresarios, las voces ciudadanas enderezan su queja sobre todo al gobierno federal, como si partieran del supuesto de que con el gobierno y los políticos locales es inútil incluso reclamar: nada puede esperarse de ellos.
En cada una de estas voces, que incluyen una expresiva diversidad de oficios e ingresos —empresarios y maestras, curas y activistas de derechos humanos, trabajadoras sociales y feministas—, hay hartazgo y hay ira. Hay también, y en qué forma, paciencia y constancia. En ningún grupo he sentido encarnar tan puntualmente la expresión del escritor Scott Fitzgerald que suelo repetir a auditorios estudiantiles cuando me preguntan si creo, en efecto, que el país puede cambiar para bien. En lo alto de su depresión alcohólica y literaria, Scott Fitzgerald escribió: “La prueba de una inteligencia superior es saber que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas”. Hay eso en estas voces, hasta el tuétano: desesperanza genuina y voluntad indomable de hacer la diferencia. Es la dualidad extraordinaria que puede percibirse en las palabras incontinentes en su queja, en las miradas escépticas ante nuestras respuestas, en la molestia tajante por preguntas fuera de lugar, como la que formulo yo tratando de aclararme el panorama. Pregunto: “¿Cuántas de las muertes de que hablamos son de narcotraficantes?”.
“Todas esas muertes son nuestras”, me dice para siempre, con irrefutable autoridad moral, una de las mujeres presentes. “No hacemos diferencia. Todos son nuestros muertos”.
Quiere decir que todas esas muertes, incluidas las de sicarios de uno y otro bandos, en el caso de que lo sean, son culpa de todos, culpa de la comunidad y los gobiernos, culpa por no haber dado a esos jóvenes, a esos hombres, a esas mujeres trabajadoras, madres de esos hijos sin familia, de las 14 o 20 colonias perdidas de Juárez la opción de ser otra cosa que lo que son: una sociedad civil cuyos jóvenes se fugan al crimen por instinto y necesidad de supervivencia.

Por la tarde, durante la sesión final con universitarios, en la Autónoma de Ciudad Juárez, creo entender algo fundamental de lo escuchado durante el día: en Ciudad Juárez hay un problema de inseguridad y narcocrimen que los ciudadanos no pueden resolver. Nadie puede resolverlo sino el estado, en caso de que pueda. Pero hay también un problema obvio de sociedad, de servicios, pavimento, luz, escuelas, campos deportivos, espacios comunitarios, apoyo a madres que trabajan, maestros, trabajo social, atención a hijos que crecen y se organizan en la calle. Es un problema de espacio público y vida comunitaria que el estado no puede resolver, si no acude también la sociedad organizada. Conforme digo o improviso esto para responder una pregunta, siento que los juarenses pueden asumir las tareas de la reconstrucción social de su ciudad si alguien empieza a poner hoy, en las cantidades industriales necesarias, la inversión que no se puso en los años del auge, la inversión social que faltó para que Juárez fuera la promesa cumplida de modernidad que pudo ser, en lugar de la mónada simbólica que es para tantas miradas en el mundo: el lugar maldito, la encarnación misma del mal o del infierno.
La sesión con los universitarios se alarga y convengo con Castañeda que él termine, mientras yo acudo a la siguiente reunión, agendada de último momento, con otro grupo de activistas ciudadanos. Éstos están metidos de cabeza en la organización de la fuerza policiaca de la ciudad. Creen haber dado con un modelo que puede ser una solución. Han formado una mesa ciudadana de diálogo y trabajo con el gobierno federal. Han diseñado para la ciudad una fuerza policiaca de mando único, en manos del comisionado federal de la Secretaría de Seguridad Pública. Este personaje será el jefe directo de los policías estatales y municipales que pasen los exámenes de confianza de la autoridad federal.
Hay por lo pronto siete mil 800 efectivos. Serán asignados, en grupos de cinco, a patrullas de dos turnos que tendrán lugares fijos en suficientes sectores de la ciudad para hacer visible la presencia de la policía. Cada patrulla, integrada por policías federales, estatales y municipales, tendrá a su vez un mando único, quien será el responsable de que su patrulla acuda los llamados de emergencia que se reciban de los habitantes del sector. Todos los policías de la patrulla serán instruidos en universidades de la ciudad en las cuestiones fundamentales de su oficio, según estándares mundiales: procedimientos policiales, límites y obligaciones legales de la conducta policiaca, responsabilidad penal por violación de las normas. A las patrullas de sector con mando único, responsable único también de proteger las escenas de los crímenes que se cometan en su jurisdicción, se agregará un policía de barrio, que cerrará el círculo de confianza en el trato con los vecinos.
“¿Esto resolverá el problema del narco en Ciudad Juárez?”, pregunta alguien al ponente que explica con singular elocuencia el sentido y las implicaciones del modelo. “No”, responde el ponente. “Esto resolverá el problema de seguridad pública de los habitantes de Ciudad Juárez: la ausencia consuetudinaria de policías en el espacio público de la ciudad. El problema del narco lo resolverá el gobierno federal, en caso de que pueda resolverse. Nosotros daremos simplemente policía a los juarenses para los problemas de seguridad de cada día, que no tienen que ver mayor cosa con el narco, aunque preparan la entrada del narco a los barrios, las pandillas de los barrios, etcétera”.
Hay una discusión graneada sobre la viabilidad o la fantasía del modelo, al cabo de la cual, el ponente declara:
“Si esto funciona, podremos recobrar la ciudad”.
“¿En cuánto tiempo?”, pregunta alguien.
“En seis meses”.
Nadie accede con entusiasmo a su cifra, pero nadie se atreve a decir, luego de su minuciosa explicación, que no sabe de qué habla.
Pondrán en marcha su modelo en estos meses, mientras las elecciones locales arrebatan toda posibilidad de que el gobierno local ayude ni estorbe. El presidente que se va no tiene fuerza ni interés. El que va a ser electo tardará en acomodarse. Hay el vacío político local adecuado para que la mesa ciudadana y el gobierno federal intenten su modelo de seguridad pública, tema recurrente, y envolvente, pero no apocalíptico de los descorazonados, sacudidos, desarmados, invencibles ciudadanos de esta ciudad.

Y sin embargo, las muertes.
Camino al aeropuerto me entero de que uno de los ciudadanos presentes en la reunión, un conocido empresario, tiene a un hijo todavía en el hospital luego de un secuestro del que fue rescatado vivo, pero no ileso del maltrato gratuito recibido durante su cautiverio. Se oyen ejemplos por todas partes: en esta ciudad no sólo crece el crimen, parecen crecer también la saña, la dureza, el placer o la indiferencia de dañar.
El día previo de nuestra llegada a Chihuahua, Ciudad Juárez ha vivido cinco horas fúnebres. La letanía del diario El mexicano del 5 de mayo es elocuente:
A las 3:15 de la tarde el encargado de una estación de gas en la colonia Mezquital del oriente de la ciudad fue atacado a balazos, perseguido hasta su coche New Yorker y alcanzado ahí por las balas.
A las 5:15 de la tarde dos jovencitos que estaban a bordo de una camioneta Expedition fueron agredidos a balazos por desconocidos. El conductor quedó muerto y el acompañante logró sobrevivir, pero se desconoce su paradero. El muerto fue identificado como Arturo Bañuelos, El Tury, y el herido como un joven de apodo El Sombras.
A las 6 de la tarde otros dos jóvenes cuya identidad se desconoce fueron atacados a balazos a las puertas de su casa en las calles Viena y Bruselas, de la colonia Progresista. Uno de los cuerpos quedó tirado en la sala y el otro en la cochera de la casa.
A las 8 de la noche sujetos armados mataron en un campo de El Sauzal al entrenador de futbol Braulio Domínguez de 26 años de edad. Hirieron también a una mujer, que tenía ocho meses de embarazo, y a su acompañante, Eduardo Arenas. Ambos murieron en el traslado al hospital junto con el bebé.
Minutos después, en la esquina de Ramón Rayón e Ignacio Zaragoza, frente a una plaza, fue acribillado un hombre robusto y calvo de 30 años de edad.
Simultáneamente, en las calles Papayo y Toronja, del fraccionamiento Las Huertas, fue levantado con vida Juan Noyolo González, de 38 años de edad, con dos disparos de arma de fuego en la cabeza. Según testigos, Juan Noyolo, a pesar de que presentaba los dos disparos en la cabeza corrió alrededor de 150 metros, hasta toparse con un poste, donde cayó casi sin sentido. En la huida, los delincuentes aún le hacían disparos, pero no lograron darle en su cuerpo, por lo que decidieron huir. Juan Noyolo se dedica a poner tatuajes y se desconoce el motivo de la agresión.
La muerte es el ángel guardián de Ciudad Juárez, y la acompaña hasta en sus buenos pasos. Los homicidios ya hacen de Juárez la ciudad más mortífera del mundo, con unos 140 homicidios por cada 100 mil habitantes (el promedio mexicano es de 11.5 por cada 100 mil habitantes). Es posible que la muerte haya creado su propio espacio de saña y violencia, un espacio irreductible a acciones o explicaciones convencionales, un espacio que linda con la metafísica del mal. No he leído al respecto nada tan radical como la reflexión de Charles Bowden, autor prolífico y testigo extraordinario de la violencia juarense, del que hemos publicado en nexos un texto único: Sicario (septiembre de 2009). El último libro de Bowden sobre Juárez acaba de salir en inglés con el título: Murder City. Ciudad Juárez and the Global Economy New Killing Fields (“Ciudad homicidio. Juárez y los nuevos campos de exterminio global”), Nation Books, Nueva York, 2010.
En las páginas de Murder City pueden leerse los siguientes pasajes:
Por años la gente ha buscado una explicación a la violencia de Juárez. Los cárteles son una explicación a la mano. Los asesinos seriales ayudan a explicar las mujeres muertas. También puede echarse mano de los cientos de pandillas callejeras. Y de la pobreza masiva, de las familias sin arraigo que migran del sur, de los policías corruptos, de los gobiernos corruptos, etcétera. Insistimos en que el poder debe reemplazar al poder, que las estructuras reemplazan estructuras previas. E insistimos en que el poder existe como jerarquía, que hay un arriba donde vive el jefe y un abajo donde la presa se derrite de miedo ante el jefe […]. Tratemos por un momento de imaginar algo más, no una nueva estructura sino más bien un nuevo patrón, que no tiene arriba ni abajo, ni centro ni orilla, ni jefe ni siervo obediente. Pensemos en algo como un océano, un asunto fluido sin rey ni corte, jefe ni cártel […]. Suspendamos todas las formas normales de pensar. La violencia cruza Juárez como un viento que no cesa y nosotros insistimos en que es una batalla entre cárteles, o entre el Estado y los narcos, o entre el ejército y las fuerzas oscuras. Pero consideremos esta posibilidad: la violencia está hoy imbricada en el tejido mismo de la comunidad y no tiene una causa única ni un botón que la enciende y la apaga. La violencia no es ya parte de la vida, es la vida misma.
Héctor Aguilar Camín













