La vida de Hermann Melville, dice su extraordinario biógrafo literario Andrew Delbanco (Melvillle. His World and Work. Knopf, 2005) es la de una “historia simétrica de triunfo artístico y fracaso público”.
El hoy inmortal autor de Moby Dick, nació en 1819. Fue escritor precoz de libros de viajes a lugares exóticos que le ganaron una rápida fama. A los veintisiete años escribió Typee (1846), un relato paradisiaco de su paso por el estado de naturaleza en la Polinesia, y un año después Omoo (1847), su secuela de sirenas y salvajes en tierras exóticas.
El tercer libro que Melville escribió, Mardi (1849), no repitió la fórmula, ni el segundo, Redburn (1849), ni el tercero, White Jacquet (1850), dedicados a cavilaciones poco luminosas, en realidad sombrías, sobre la esclavitud, la urbanización salvaje y la inmigración.
El público se retiró de estas últimas obras y del autor que había premiado en las primeras, de modo que en 1850, a los treinta y un años, Melville era un autor de éxito que había conseguido fracasar.
Se puso a escribir entonces la gran obra que refrendaría su gran olvido. Fue un largo reportaje digresivo sobre la caza de ballenas, con un personaje loco en medio, empeñado en cazar la ballena que le había lisiado la pierna y envenenado la vida: la imposible e inalcanzable ballena blanca, Moby Dick.
Moby Dick se publicó a fines de 1851. No vendió su primera edición de 3 mil ejemplares. En diciembre de 1853 los ejemplares no vendidos fueron quemados en la bodega del editor.

Melville publicó después libros que confirmaron su fracaso literario con el público: Pierre (1852) sobre un ambiguo sentimental, sexual, que destruye su vida amorosa tratando de corregirla; Israel Potter (1855) sobre un viejo soldado desechado por su país, The Confidence-Man (1857) una historia de disfraces y engaños a bordo de un barco de vapor que surca el Mississippi.
El repetido fracaso de estos libros lo indujo a escribir paralelamente historias cortas para revistas como Harper’s y Putnam’s, de donde salió un volumen de cuentos y novelas breves llamado The Piazza Tales.(1856).
Se incluyen ahí, entre otras piezas, Bartleby el escribano y Benito Cereno. Melville escribió luego poesía y al final de su vida una obra que no vio publicada: Billy Budd.
Moby Dick fue reeditada en 1876, sin éxito, y otra vez en 1892. En 1917 Melville obtuvo una breve mención en la Cambridge History of American Literature, en el capítulo de “Autores de viajes”.
Los últimos años de su vida, el futuro autor inmortal de Moby Dick, , los pasó trabajando como agente aduanal en los muelles de Nueva York.
Durante casi 20 años, a partir de 1866, seis días de la semana, tomaba el coche tirado por caballos sobre Broadway para ir a las oficinas donde cumplía turnos verificando que las mercancías de los barcos coincidieran con los registros de las aduanas.
Era un mundo de mordidas, grandes y pequeñas. Es fama que Melville las rechazó siempre, salvo en un caso: pagaba 2 por ciento de su salario anual al Comité Estatal del Partido Republicano a cuyas influencias debía el puesto y por cuyas influencias podía perderlo.
El 4 de marzo de 1887 Melville recibió la última constancia de regalías de sus editores, Harper& Brothers. No habían reimpreso ningún libro suyo desde 1876.
El patriarca neoyorquino dispensador de famas literarias, Henry James, atento siempre hasta del último de los literatti de su ciudad, no tenía a Melville en su registro, ni lo mencionó en su lista de autores del grupo Putnam’s, la revista en que Melville publicaba.
A mediados de 1880 la mujer de Melville, Lizzie, heredó de una tía y un hermano dinero suficiente para salir de grandes aprietos. Desde entonces dio a Melville una cantidad cada mes para que curioseara en las tiendas y comprara grabados de escenas marinas que acumulaba con obsesión de coleccionista.

La muerte lo había rondado por años en la peor de sus formas. Su hijo mayor, Malcolm, se suicidó en su casa, la noche del 10 de septiembre de 1867. En 1872 había muerto su hermano Allan. En 1885 murió su hija Lucy, antes de cumplir los 30 años. En julio de ese mismo año la hermana de Melville, Fanny, murió también, luego de una larga y penosa enfermedad: cáncer de huesos. En febrero de 1886 recibió la noticia de la muerte de su hijo Stanwix, en un hotel de San Francisco, a los 35 años.
Algo del resplandor de las muertes absurdas y prematuras de sus hijos brilla en la juventud y la belleza del héroe de su último libro, Billy Budd, el marinero destruido precisamente por la intolerable luz de su existencia.
Melville murió el 28 de septiembre de 1891 en la cama de bastidor de acero de su casa. En su certificado de defunción el doctor escribió “dilatación cardiaca”. El funeral fue discreto, en la misma casa. The New York Times refirió la muerte de un Henry Melville. El obituario de Harper’s, la revista donde había colaborado asiduamente, consignó: “Septiembre 27. En la ciudad de Nueva York, Herman Melville a los 73 años”.
No había ganado con sus libros más allá de unos 10 mil dólares.
Su renacimiento como autor empieza treinta años después de su muerte con la publicación de Moby Dick en la serie Oxford World Classics. En 1921 D.H. Lawrence lo reconoce como un contemporáneo, “un autor vanguardista anterior a la vanguardia”. Para ese momento parece un precursor de Joyce, una anticipación de la literatura moderna: ambulatoria, digresiva, polifónica: “Profeta de la Era del Jazz”.
En 1927, E.M. Forster también escucha en Moby Dick una “canción profética”, pero de otro tipo: de los tiempos de odio que se ciernen sobre Europa. Lewis Mumford ve en Ahab a un hombre que “luchando contra el mal, se convierte en el mal mismo”.
Para 1940 es imposible no ver en Ahab una metáfora de los grandes tiranos el siglo XX: Franco, Hitler, Stalin, Mussolini, Mao, y sus émulos menores.
Para mediados del siglo XX, Melville es ya un clásico estadunidense, un autor fundacional del tamaño de Walt Whitman o Mark Twain, y a la vez un autor moderno, el Dostoievski estadunidense, capaz, dice su biógrafo Delbanco, de tener una profunda resonancia moral sin ser un moralista.
Siguen las décadas de la universalización de Melville, décadas en la que es, sucesivamente , “el mito y el símbolo” de todas las modas: “El Melville contracultural, el Melville antibélico, el Melville ecologista, el Melville gay o bisexual, el Melville global”.

Luego del ataque terrorista contra las Torres Gemelas, la sombra de Ahab parece reencarnar en la la pasión cazadora de Washington sobre su ballena negra: Osama bin Laden.
Un siglo después de su muerte, Melville es el escritor icónico de Estados Unidos. Hay una revista llamada Leviatán dedicada a publicar notas y ensayos sobre su vida y su obra. Libros de su biblioteca personal, subrayados a lápiz por él y borrados después por los dueños, son escudriñados con rayos infrarrojos para ver lo que Melville escribió mientras los leía.
Apenas hay una playa turística en Estados Unidos que no tenga un restorán llamado Moby Dick, el libro ha sido llevado al cine varias veces, adaptado a la televisión, recogido en comics, caricaturas y objetos decorativos.
De nada de todo esto se enteró su autor quien acaso, como Borges, habría encontrado en tantas formas de la fama, la prueba de un malentendido. El malentendido, claro, lo habría hecho feliz.
Febrero, 2011
Héctor Aguilar Camín













