Hace seis años, en este mismo espacio (7 de octubre, 2011) traté de explicar un pasaje del Credo que hasta entonces había solo repetido.
Dice el Credo que Jesús de Nazaret “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre, todopoderoso”.
Me pregunté entonces, por primera vez, a qué y por qué habría descendido Jesús a los infiernos.
Respondió a mi pregunta un teólogo chileno, Francisco Quijano, versado en los misterios de la muerte y la resurrección de Cristo, lo que la doctrina eclesiástica conoce como escatología.
La historia es así:
En el año 404 de nuestra era, Rufino de Aquileia dejó constancia de que en el credo romano de entonces no se encontraba todavía “la cláusula: descendió a los infiernos”.
El primer testimonio de algo parecido a esta frase es una “confesión de fe” del año de 359, escrita por Sirmio, conocida como Credo fechado.
El Credo fechado dice a la letra:
“Y nació de María Virgen, y convivió con sus discípulos… fue crucificado y murió, y descendió a la [región] subterránea, y puso allí orden en todo… Los cancerberos del hades [lo] vieron y se estremecieron; y resucitó de entre los muertos”.
Explica Rufino de Aquileia:
“Es como si un rey se dirigiera a una cárcel y, entrando en ella, abriese las puertas, rompiese las cadenas, destruyese las argollas, los barrotes y las celdas, y liberase a los encarcelados. Se dice, pues, que el rey estuvo en la cárcel, pero no en las condiciones de quienes se hallaban encarcelados. Ellos lo estaban para purgar sus penas, él lo estuvo para liberar de las penas”. [Commentarium in symbolum apostolorum, 17]
La explicación de Rufino de la frase “descendió a los infiernos” alude a la cripta subterránea donde fue enterrado Jesús y explica la metáfora del descenso a los infiernos.
Mi duda, también metafórica, es la siguiente:
Si Cristo bajó a los infiernos a liberar a quienes ahí estaban, ¿no quiere esto decir que terminó también con los infiernos?, ¿que los infiernos dejaron de existir en ese momento y, por tanto, no existen más, y no hay infierno?
hector.aguilarcamin@milenio.com













