Celebración de José Woldenberg
El elogio mayor que puedo hacer sobre Woldenberg a este respecto no exagera un punto, es rigurosamente cierto, como quien suma dos más dos, y comprobable, paso a paso, en la vida pública del elogiado.
El elogio mayor que puedo hacer sobre Woldenberg a este respecto no exagera un punto, es rigurosamente cierto, como quien suma dos más dos, y comprobable, paso a paso, en la vida pública del elogiado.
Siguiendo la voz de los expertos, las reporteras de El País, Carmen Morán Breña e Isabella Cota, han dibujado en un reportaje la nueva violencia ubicua, la violencia a ras de pueblo, que azota a México.
Esta es la violencia ubicua que ha tomado carta de infame ciudadanía en la vida diaria de México.
Es la responsable si no de la mayoría de los homicidios, sí de la mayor cuota de miedo, inseguridad, opresión y violencia a que está sujeta la sociedad mexicana.
La violencia mexicana ha cambiado mucho en los últimos años. Parece venir de las mismas fuentes que la explicaron hasta ahora, en particular de la violencia del narco, del crimen organizado en general, y de sus ajustes de cuentas.
Durante casi medio siglo, entre 1943 y 1989, la Ciudad de México albergó, en uno de sus más bellos espacios, junto al barrio de Chimalistac, en San Ángel, un enorme monumento dedicado a honrar la memoria y custodiar el brazo derecho, guardado en formol, del general invicto de la Revolución Mexicana Álvaro Obregón.
La recreación y la ampliación de la historia contenida por ese Informe, hecha por De Mauleón, está en cambio llena de los nombres de las víctimas, de los lugares precisos de las intervenciones criminales y de la autoría de los criminales mismos.
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